Bueno, a ver qué tal está Predators, que después de las mierdas de Alien vs Depredador ya apetece que la saga se revitalice un poquillo.
Va, que produce Robert Rodríguez, que ahora le ha dado por producirlo todo. Eso es garantía de entretenimiento. Aunque, a mi, Nimrod Antal me aburrió muchísimo con Blindado.
Venga, un noche en el cine viendo a humanos siendo cazados. El plan no pinta mal.
Mira, el trailer de Los ojos de Julia, dirigida por Guillem Morales y escrita por Oriol Paulo. Mola. Mola mucho.
Ah, ya empieza la peli. Adrien Brody aparece en una selva con gente diversa. Un ruso, una israelí, un mejicano, un negro... bueno, qué más da. Parece el principio de un chiste o la premisa de un capítulo de La Dimensión Desconocida. Bueno, es una serie B: hay que ser conciente de lo que uno va a ver. No seas tan exigente.
No me molesta ver a Brody como héroe de acción. No me cae especialmente mal, y es gracioso que un tipo tan escuchimizao haga aquí de tipo duro. Mooooaaaoooo. Uy, perdón por el bostezo.
Andan por la selva.
Bostezo.
Hablan. Bla bla bla.
Bostezo.
Va, venga, que la palme alguien ya.
Caras de sorpresa cada vez que encuentran algo.
Qué incómodas son las sillas de este cine.
Selva.
Selva.
Adrien Brody da lecciones de supervivencia y combate.
Bostezo.
¿Y si le mataran a él primero? Sería un punto.
Selva.
Cara de sorpresa.
Cháchara.
¡Ah! Ya se a quién me recuerda. Es el último superviviente. ¡Es Bear Grylls! Bear Grylls en el planeta de los predators.
Tiros.
Vaya, ahora empieza la acción. Ha tardado, pero era lo que venía a ver.
Buf. ¿Ya está?
Caras de sorpresa.
Selva.
Bostezo.
Adrien Brody as Bear Grylls.
Butacas del cine muy incómodas. Tengo una contractura en las cervicales y esto no me ayuda.
Hace calor en la sala.
Selva.
Se dan cuenta que no están en la Tierra.
Sale unos bichos, descartes de los fx de Avatar. Hubiera preferido que fueran osos polares. Así la gente se hubiera estado seis años preguntado por qué había osos polares en el planeta de los predators.
Acción muy mal rodada.
Tengo sed.
Tiros, tiros y tiros, pero todo muy confuso.
Bear Grylls.
Bostezo. Bostezo.
Pasan cosas. Pero no cosas importantes. Está Shane Vendrell, de The Shield, al que hace gracia volver a ver. Los diálogos son de relleno.
Salen los predators. Ahora. Un buen rato después de que haya empezado la peli. Qué poco carisma tienen estos bichos aquí. Son cazadores, sí, pero desganaos. Se ve que han perdido toda la motivación por la caza. Se ve que esta afición ya no les llena. Sería interesante ver la precuela de Predators, con ellos como protas.
Sería más interesante que esto, al menos.
Ahora sale Laurence Fishburne. ¿Ahora? Un poquillo tarde, ¿no? Ya da como pereza. Hace de Tim Robbin en La Guerra de los Mundos.
Cháchara.
¿Sabes qué? Me está entrando sueño. Voy a cerrar un ratillo los ojos y cuando vuelva la acción ya me despertará.
Ay, qué descanso, qué bien se está así.
Bostezo.
Abro los ojos. Sigue igual.
Mierda de butacas, qué cosa más incómoda.
Y mira que son las mismas que donde vi Inception. Y eso fueron dos horas y media.
¿Cuanto tiempo debemos llevar en la sala viendo Predators? Seis días?
Ah, mira, se mueren casi todos de golpe. Vaya mierda de survival.
Va, que los maten ya.
Y a Bear Grylls el primero, que es cansino.
Tiro, tiro, hachazo, hachazo.
Plan para matar y escapar del planeta.
Fuego.
Predators enfadados.
Humanos enfadados.
Público enfadado.
Explosión.
Explosión.
Bostezo.
Madremía, lo que se parece Adrien Brody a Pablo Motos con el torso desnudo y esa cabecilla jíbara.
Explosión.
Última escena abriendo la posibilidad de una continuación.
A mi ya no me engañan.
Atención: el minuto 1:17 de este video es una estafa. En la película solo aparece un puntero de triláser o como demonios se llame. Los demás han sido añadidos para el trailer. Patético.
Suena el politono de la banda sonora de Rambo. El móvil vibra sobre la mesa del despacho, pero nadie lo coge. Deja de sonar. Al cabo de un rato vuelve a la carga. Entra Sylvester Stallone con la cara envuelta en toallas, como el hombre invisible en un balneario.
-¿Sí?
-¿Sly?
-Sí, ¿quién es?
-¿Eres tú, Sly?
-Sí, claro, es mi móvil, me estás llamando a mi. ¿quién va a ser?
-Tienes que cambiar de doblador, Sly. Parece que esté llamando a Buenafuente.
-Ese no es mi problema, interlocutor desconocido.
-¿Cómo que desconocido? ¿No te acuerdas de los amigos?
-Yo no tengo amigos. Solo gente que trabaja en la cirugía estética y gente que no. Y no sé a qué grupo perteneces.
-De los que no... bueno, aunque a veces puedo deformar caretos de un mamporro.
-Pero dime, muchacho, ¿quién eres?
-Te daré una pista.
-Voy a colgar...
-Drago, Drago, Drago...
-¿Qué broma es esta?
-Hearts on fire, strong desire...
-¿Dolphie? ¿Dolphie Lundgren?
-El mismo.
-¡Sigues cantando como el culo!
-Y tu sigues actuando como el culo, Sly. ¿te piensas que no vi las últimas de Rocky y Rambo?
-Sabes que siempre he sido mejor director.
-Sí, también vi Staying Alive.
-¿Y qué es de tu vida, Dolphie? ¿qué te cuentas?
-Pues nada, aquí. Ayer descubrí dos supernovas y hoy estaba twitteando la teoría de las supercuerdas.
-Ahá...
-Pero te llamaba para otra cosa.
-Sí, dime.
-Quiero volver al cine. Tengo ganas de cine. Quiero volver a los porrazos y la sangre en la cara.
-¿Y eso?
-Vuelven los ochenta, ¿no?
-Eso dicen.
-Pues yo también quiero volver.
-...
-¿Sly?
-...
-¿Sly?
-Sí, sí, perdona. Estaba pinchándome bótox.
-¿Tú también?
-La cara se está desprendiendo del cráneo, Dolphie. Es la única manera de mantenerla en su sitio.
-Vale, pero ¿qué me dices?
-¿De qué?
-De volver al cine.
-Ah... pues justamente tengo algo para ti.
-¿Sí?
-Sí, pero no te ilusiones, no tienes muchas líneas de guión.
-¡Como en los viejos tiempos!
-Exacto. Es que es una peli coral, con muchos personajes, así que hay que repartir.
-Mmm, tiene buena pinta. ¿Cómo se llama?
-The Expendables, pero en España la traducirán como Los mercenarios.
-Bien, bien... cuéntame de qué va.
-Ah, claro. Mira. Un grupo de mercenarios...
-Los expendables.
-Sí, pero no me interrumpas. Un grupo de mercenarios son contratados por un tipo para que vayan a una isla de sudamérica... o de centroamérica, no sé, de por ahí. Resulta que en esta isla hay un dictador militar muy muy muy malo que se ha asociado con un antiguo agente de la CIA. El agente de la CIA quiere cultivar coca en la isla, y se aprovecha del general.
-Y los mercenarios van y lo derrocan.
-¿Se ha filtrado el guión en internet?
-No, Sly, pero es lo que se supone que debería pasar.
-Sí. Pero aún hay más.
-¿Más sorpresas? ¡imposible!
-¿He detectado un sarcasmo? Porque eso me ha sonado a sarcasmo. Y si estás buscando curro...
-No, Sly, no. Por favor, continua.
-Sí. Decía que aún hay más, porque el general tiene una hija que le quiere derrocar.
-Vaya.
-Sí, y es pintora.
-Es pintora.
-Sí, claro, como para demostrar que el arte está en contra de la opresión.
-Sí, no sé cómo no se me había ocurrido antes.
-Pues los mercenarios se dan cuenta que la vida en la isla es una mierda con la CIA hurgando por ahí, ayudan a la hija a deshacerse de los malos.
-Ya. Pero no parece muy actual, ¿no?
-Es un actioner de los ochenta, Dolphie. Y tú mismo has dicho que volvían los ochenta.
-Pero parece un poco un argumento del Equipo A.
-Calla, calla, que esos se me han adelantado.
-¿Pero será como la peli del Equipo A? Porque allí se ve pasta invertida y está hecha con gracia.
-He dicho que voy a hacer un actioner de los ochenta y no se hable más. No quiero reformular esas pelis. quiero volver a rodarlas como entonces.
-¿Tú crees que a la gente le gustará?
-La nostalgia vende.
-Sí, pero nosotros no somos los de antes. Estamos algo cambiados.
-Seguimos siendo los héroes.
-¿Quienes? Porque yo siempre he hecho de malo.
-Y en esta peli podrás volver a hacerlo durante un rato.
-Mola. ¿quién más hay?
-Jason Statham.
-¡No jodas! ¡Ese es un crack! Tiene carisma y cara de mala leche, los dos ingredientes principales para todo héroe de acción.
-Dolphie, déjame hablar, que te gusta darle a la sin hueso.
-Perdona. ¿Quién más?
-Bueno, tenemos a Bruce Willis y a Arnold Schwach, scwarc, shcar, schwar...
-¿Schwarzenegger? ¿tienes a Arnie y a Willis? Por Dios, Sly, ¿dónde hay que firmar? Esto tiene que ser un peliculón.
-Sí, sí, bueno... han aceptado salir un ratillo.
-¿Cómo que un ratillo?
-Una escena compartida.
-¿Y ya está?
-¿Cómo que ya está? no me llamaste para quejarte cuando Pacino y De Niro hicieron la pantomima del plano contraplano de Heat!
-No, bueno, vale. La cosa promete. ¿A quién más tienes? ¿a Van Damme? ¿a Seagal? ¿a Michael Dudikoff? ¿a Chuck Norris?
-A Jet Li.
-¿Quién?
-Un chinorris de esos que salta y patalea.
-¿Jackie Chan?
-No: Jet Li.
-Dime que al menos has contratado a Carl Weathers.
-¿Carl? Está muerto, ¿no?
-No, Carl está vivo. Lo vi el otro día en Hollywood Boulevard con un carrito lleno de chatarra.
-Vaya. He contratado a un negro que se parece al Carl de joven. Y a un par de luchadores de wrestling.
-¿Cuales? ¿Mr T y Hulk Hogan? Hace tiempo que no les veo.
-No, son otros que estaban de oferta. Tenía escritas algunas líneas para Seagal y Van Damme, y tendrán que hacerlas ellos. Pero tenemos a Eric Roberts.
-¿A quién?
-El hermano de Julia.
-Ah...
-...
-...
-...
-Y esto, Sly... dices que ya tienes el guión.
-Sí. Las seis páginas.
-Supongo que habrá secuencias de acción a tutti pleni.
-Algunas hay. La verdad es que me ha costado bastante rellenar hasta llegar al final. Disparos desde un avión, persecuciones en coche, peleas en talleres mecánicos... y todo ello aliñado con muchos planos de harlleys molonas y chupas de cuero.
-¿Y qué rodarás, tipo Bourne?
-¿Quién?
-Todo eso que está de moda de la cámara al hombro y mucho dinamismo.
Uy, Dolphie, tú le pides demasiado al viejo Sly. He pensado en hacer las escenas lo más confusas posibles, así no se nos ve achacosos. Al fin y al cabo somos una unidad de élite formada por ancianos deformes; si lo filmara bien la gente se reiría.
-¿Y la gente no se va a reir?
-Sí, pero de mis chascarrillos.
-Tú nunca has tenido gracia escribiendo chistes, Sly.
-Mira, Dolphie, porque te aprecio, que si no te mandaba a tomar por el culo. Además, da igual lo que escriba. Si lo pronuncia Mickey Rourke suena gracioso.
-¿Mickey Rourke? ¿y él que pinta aquí?
-He pensado que está tan mal que hará que el resto luzcamos jóvenes y guapos. Le haré unos primeros planos que la gente va a querer cambiar las palomitas por primperán.
-Ingenioso.
-...
-¿Bótox, otra vez?
-...
-Espero.
-Ya. Hablando de ingenio. Necesito ayuda en una frase de guión. Estoy atascado.
-A ver, dime.
-Mira, van todos en un avión hacia la isla. Está la cosa como muy chunga. Quizá es una misión suicida, aunque el espectador nunc tendrá la sensación que les pueda pasar nada malo. Y uno de los personajes dice: "Lo veo todo negro como..."
-Sí.
-¿Cómo qué? Lo veo todo negro ¿como qué?
-Como Drácula.
-¿Como Drácula?
-Sí, el príncipe de la tinieblas, Sly. Y las tinieblas son negras, ¿no? Pues lo veo todo negro como Drácula.
-Bueno. no suena mal. Si encuentro algo mejor ya lo cambiaría, pero si no, lo dejo tal como está.
-Y la violencia ¿qué?
-¿Qué quieres decir?
-Vi John Rambo. Los últimos diecisiete minutos son puro gore. ¿Esta qué tal?
-He pensado algo parecido. Habrá tiros y tal, pero lo bueno lo reservo para el final. Montones y montones de soldados muriendo a paladas.
-¿Con decapitaciones y demás?
-Sí. He contratado una compañía de efectos especiales. Son unos chavales que lo hacen todo con su toshiba portátil. Ellos crearán la sangre artificial y los miembros amputados. Claro que los trucos no se verán porque al final todo explota.
-Bien, esa es mi peli.
-El cuartel general, la isla, los malos. Todo, todo explota. Tengo un montón de Goma 2 en casa. Cada vez que hacía una comedia, me daban toneladas de Goma 2 que no usaba. Aquí vamos a petarlo todo.
-Pero alguno morirá, ¿no? Alguno de nosotros las pasará putas.
-No, ya estamos muy mayores para que nos den palos. Solo morirán los malos. Y al final ganarán los buenos.
-Ya, pero, hay algo que no me queda claro.
-Dime, Dolphie.
-La tensión dramática. ¿Dónde está? Quiero decir: si somos como invulnerables, al espectador le va a dejar un poco frío tanta explosión, ¿no?
-Bueno... la hija del general está a punto de morir.
-Ya, pero a menos que la hija del general sea Brigitte Nielsen...
-Que no lo es.
-A menos que sea ella, a la gente le va a importar un rabo lo que le pase, porque los buenos van a salir victoriosos siempre.
-Sí, bueno, me falta pulir algo el guión.
-Tienes que hacer algo para que parezcamos más humanos.
-Haré que Rourke llore.
-Más humanos, no mas patéticos.
-Uno de los luchadores de wrestling tendrá una enfermedad que le deja las orejas como el culo de un mandril. Y lo pasará muy mal con ese trauma.
-¿Y?
-Me dejaré perilla. No llevo perilla desde hace años.
-¿Y eso en qué ayuda?
-Le da profundidad a mi personaje. Y mientras me miran la perilla perfectamente delineada no se fijan en que mis orejas me tocan la nuca.
-No, Sly, no.
-¿Te he dicho ya que el malo se parece a Hugo Chávez?
-¿Cuál?
-El presidente de Venezuela.
-No, que qué malo.
-El general de la hija pintora. Y al final pintará la cara de todos sus soldados como para dar miedo. Es una idea que saqué de Braveheart y de Street Fighter. Y además me sirve para reciclar un montón de extras sin que la gente se de cuenta.
-Mira, Sly, tengo ganas de empezar a rodar. Y además necesito el dinero. Con la astrofísica no me llega ni para el alquiler. Pero cuando llegue al plató, le echamos un vistazo al guión, ¿vale?
-...
-¿Sly?
-...
-Bueno, nos vemos y lo hablamos.
-Dolphie.
-Dime.
-¿Sabes por cuanto me saldrían unos pómulos nuevos en Rúsia?
-No, yo... mira, te agrego en el facebook y seguimos en contacto.
-...
-Y deja el bótox o te confundirán con Carmen de Mairena.
-¿Con quién?
-Hasta luego, Sly.
-Hasta luego, Dolphie.
La semana pasada visitamos la exposición Per laberints en el Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Si teneis ocasión, no dejeis de visitarla. En ella descubrimos cómo el ser humano ha disfrutado creando laberintos desde sus orígenes. Y cómo Giovanni Fontana creó los laberintos multicursales, aquellos en los que hay más de una ruta a seguir y, por tanto, puedes perderte en ellos.
Christopher Nolan experimenta con los laberintos en Origen. Y lo hace tanto a nivel argumental como formal.
Si algo ya conocíamos de Nolan es que no es un director corriente, que desee explicar una historia del modo más clásico. Memento fue su tarjeta de presentación, fragmentando el tiempo. En Insomnia exploraba las secuelas físicas y psicológicas de la culpabilidad mediante imágenes. El truco final, siendo una buena película, cojeaba al descubrirse la trampa demasiado fácilmente. Y en los dos batmans apostó por narrarlos como historias policíacas, con lo que dio en la diana (aunque pienso que la segunda está demasiado sobrevalorada). Esto le ha llevado a tener detractores, evidentemente, y a ser acusado de grandilocuencia y pedantería. Si bien es cierto que, hasta el momento, Nolan mostraba ciertos defectos muy habituales (escenas de pelea y de acción muy confusas, cierto ritmo fatigoso), es con Inception donde ha dado con la fórmula clave. Los conceptos básicos de la filmografía de Nolan, culpa e identidad, laten aquí con más fuerza que nunca. Es entrando en su propio laberinto cuando Nolan ha encontrado su película.
¿Revolucionar el cine? Eso es muy difícil, ya. Además, como he leído en otros lares, Inception se trata de un film tan personal que resulta complicado pensar que pueda abrir una línea, un camino.Ni siquiera creo que pueda ser considerado algo nuevo, tampoco. Hay en Origen mil padres bien reconocibles, de Matrix a Dark City, pasando por 2001, Heat, la saga de James Bond, En busca del arca perdida, La trilogía Bourne y Ciudadano Kane.
Y sin embargo, al ver el film, experimentamos la sensación de ver algo nuevo. Porque Inception es el sueño del cine. Así como soñamos acerca sobre aquello que hemos vivido durante el día, en Inception soñamos aquellas películas que nos han marcado; aunque de una manera diferente. Nolan no imita ni copia: filtra, licua y teje un organismo vivo, que se reproduce en nuestro cerebro y crece en todas direcciones.
Nolan crea un laberinto delante de nuestros ojos. Introduce explícitamente una Ariadna, como creadora del laberinto argumental, pero es Nolan quien deviene un Dédalo que juega a placer con las matrioshkas del guión y el montaje, arrastrándonos por sus corredores y recovecos, traslándandonos a diferentes niveles visuales y cognitivos. Y consigue que no nos perdamos porque, sorprendentemente, su realización es diáfana. Uno sabe en todo momento en qué parte del laberinto está, aunque no sepa si va a poder salir de él.
Poco más se puede decir de Origen sin estropear el placer de sumergirse en su laberinto, salvo que cualquier apuesta en ella funciona a la perfección. De la banda sonora de Hans Zimmer (arriesgada, mecanizada, angustiosa) a la fotografía de distintas texturas para cada sueño, del cameo de Michael Caine a la acertadísima elección de cásting de todos sus protagonistas (si bien Leonardo DiCaprio se ha especializado en personajes que nunca ríen y ponen cara de me duele mucho el alma, me cuesta encontrar otro actor en sus papel), de las localizaciones (Mumbassa, Tokyo, París, Nepal...) al diseño de interiores (con un guiño inmenso a la escena final de 2001, una Odisea en el espacio), todo brilla con luz propia.
Hace miles de años, los hombres tallaban caminos sinuosos en las piedras. Hoy, Nolan descubre un extraordinario sendero por el que perderse, sentados en la oscuridad de una sala de cine.
Hay cuatro constantes en el cine de Natalli, y Splice las reune las cuatro:
El concepto de un ente superior omnipotente cuya capacidad de control se ve entredicha.
La frialdad emocional de sus personajes.
La capacidad para crear imágenes y atmósferas perturbadoras.
Cierta deriva hacia finales precipitados o descontextualizados.
Con Splice, Natalli sigue sus propias pautas para ofrecernos un relato incómodo e inquietante. Splice es un remedo de Frankenstein sin necesidad de disimularlo. El matrimonio protagonista se llaman Clive y Elsa, lo que no es baladí.
Como en Frankenstein, o como en un cualquier otra película de Mad Doctors, el cruzar los límites de la ciencia, impuestos por la ética personal del científico, llevará a sus protagonistas a pisar el pantanoso terreno de lo desconocido, en un viaje del que no habrá vuelta atrás. La pareja protagonista crea vida, en una especie de alegoría de la paternidad, mediante un experimento genético.
Lo que Natalli nos relata es el aprendizaje de un hombre y una mujer que van más allá de todos las fronteras conocidas. El enfoque no es el de dos seres endiosados jugando con su criatura, sino más bien el de dos padres que no saben cómo afrontar su nueva situación. Pero Natalli es perro viejo y decide envenenar poco a poco la trama, irla zurciendo de rencores y pesadillas, como es el caso de los antecedentes familiares de Elsa, que guiarán sus actos para con respecto a la criatura.
Así, lo que incluso puede parecer una versión cronenbergiana de Tres solteros y un biberón, se transforma en un relato de horror, una historia de maduración violenta tanto del ser creado como de sus creadores, que no solo tomarán conciencia de sus actos sino que deberán pagar por ellos. ¿No les recuerda mucho al viejo cuento de Mary Shelley?
Spliceda algunas pinceladas sobre el peligro que representa no solo la experimentación genética (que puede ser beneficiosa en su búsqueda de curas para enfermedades), sino también sobre los pocos escrupulos que demuestran las grandes compañías en busca del beneficio económico por encima de lo ético. Se utiliza como trasfondo de la historia, pero aporta una de las escenas más impactantes de la película: el momento de la presentación de Fred y Ginger al gran público.
Y es que, desde que despedazó a aquel pobre infeliz que se había equivocado de portezuela en el minuto uno de Cube, Natalli sabe cómo dejarnos anclados en la butaca con unas pocas imágenes.
Vicenzo Natalli es capaz de pintar cuadros terroríficos que se quedan marcados en nuestra corteza cerebral. Véase (spoilers, pero no muchos) ese ojo de Dren mirando a través de un agujero de la caja cuando la transportan a la granja, o el despliegue de alas durante la cópula.(fin de spoilers). Son esos fotogramas los que el espectador retiene una vez finalizada la proyección, y a los que recurrirá como en una pesadilla a partir de entonces. El tono enfermizo, irreal y paradójicamente bello de Splice choca de frente con el estilo frío tras las cámaras.
Natalli no suele implicarse emocionalmente en lo que cuenta, ni permite a los espectadores sentir empatía o predilección por ninguno de los personajes. En ese sentido, nos convierte en un Tercer Científico, un observador que presta atención clínica a todo lo que ocurre ante sus ojos, pero no toma partido por nada. Entramos dentro de la historia, sí, pero de una forma aséptica. Esto puede suponer cierto rechazo, pero también es de agradecer que el director no juzgue a sus personajes, sino que los exponga. El espectador tiene los suficientes datos como para tener sus propias opiniones sobre lo que está viendo. Natalli nos trata como a adultos. Créanme, es algo de agradecer en el cine actual.
Tan solo los últimos cinco minutos, más en la línea de una monster movie que de una fábula postmoderna, rompen un poco la coherencia estilística de la película. Aunque, a decir verdad, esa parte también me ha gustado. Pero sepan que soy un entregado a Cube y a Cypher, a pesar de reconocer los múltiples defectos que ambas tienen.
Así que les digo que se den prisa si desean verla en cine, que Splice va a durar poco en cartel, aunque es una película perfecta para un sábado noche en deuvedé. Disfrutarán del talento de Greg Nicotero, adorarán a Sarah Polley y se enfadarán con la sobreactuación habitual de Adrien Brody.
Splice no es una gran película, ni falta que le hace.
Puede que la manada de chiquillos saltarines, gritones y sofocados por el calor estival que llenaba la sala influyera en mi percepción de la película. Puede que lo hiciera el ejército de madres inquietas, culosdemalasiento y palomitadictas que no pararon de levantarse durante toda la proyección.
Puede.
El caso es que me cuesta compartir el entusiasmo generalizado que ha suscitado Toy Story 3.
Sí, ya pueden insultarme.
Si no lo estaban haciendo antes.
Toy Story 3 es una excelente película, pero dudo que sea una obra maestra como se ha definido de forma prácticamente mayoritaria por público y crítica. Así que vayamos primero a sus defectos para regodearnos después con las virtudes.
Cuarenta minutos. Eso es lo que se tira la película divagando antes de entrar en materia. Cuarenta minutos que poco aportan a lo que ya sabíamos, que Andy crece y los juguetes viven arrinconados, marginados. Incluso creí detectar algunos diálogos un pelín forzados, algo demasiado melodramático e impropio de Pixar. A ver, no es una introducción aborrecible, pero la encontré carente de sorpresas, como la estela en el mar que deja el barco que fueron las dos primeras entregas. Un remanente.
Y los niños se aburrían. De alguna manera, la fórmula perfecta de Pixar para enlazar entretenimiento adulto y magia infantil fallaba, tenía brechas. Los críos no se identifican con Andy (¿tirar los muñecos? ¿por qué?) y hay algún que otro chiste demasiado infantil que chirría. Y uno de los problemas, en mi parecer, más graves: se da un protagonismo a Woody por encima de Buzz que desestabiliza el tándem. Hasta hoy, los dos personajes simbolizaban los clásico y lo moderno, el seny y la rauxa, Jack y Locke. En Toy Story 3, Buzz se convierte en un comparsa gracioso, un punching ball sobre el que reirse, mientras que la acción recae en Woody, que se erige en el héroe. Que me riera con el Lightyear flamenco no lo convierte en algo menos estúpido y prescindible.
Esas son las manchas que no dejan a Toy Story 3 brillar a la altura de Up, Wall-e o sus dos predecesoras, a mi parecer. Pero eso no la convierte en una mala película, ni de lejos. Porque Toy Story 3 tiene muchos más puntos a su favor que zonas oscuras.
Empezando por ese prólogo, que define uno de los mensajes del film: el canto a la imaginación, el homenaje a una infancia jugada, a ese acto de creación divina que es dotar de alma a los juguetes. La primera escena de Toy Story 3 es un prodigio, un derroche de fantasía. Y la aparición de Woody en la película ya ha hecho más por Indiana Jones que ese engendro de la Cagalera de cristal.
Sin embargo, donde levanta el vuelo Toy Story 3 es a partir de la guarderia, cuando se convierte en una especie de remake de La gran evasión, jugando con todas la coordenadas de una película de fugas.
Las dos facciones de juguetes enfrentadas, unos como carceleros y otros como reos, con las rondas nocturnas de vigilancia, los focos, las reglas a seguir, los recuentos o, incluso una celda de castigo, como ya pasó con la algo olvidada Chicken Run, es de lo mejor del film. Al contrario que Shrek o algunas de las productoras que tratan de seguir infructuosamente a Pixar, el homenaje a los films no llega por la via de la imitación de escenas concretas, sino de una forma de hacer narrar.
Es en la presentación de los nuevos personajes donde se acierta. En ese villano que huele a fresas tiene su propio flashback donde se explica la causa de su comportamiento. Y se comporta como lo hacen los grandes villanos del cine. De hecho, me recordó mucho a Belloq. Y el redescubrimiento del matrimonio Patata como un elemento más importante que en las dos anteriores, con escenas tan inquietantes como la del crep.
Eso sí, desde ya mismo me declaro fan del mono de los platillos, uno de los mejores (y más inquietantes) personajes que haya creado Pixar.
Si yo fuera niño y viera la película en el cine (y no estuviera más preocupado por tirar las palomitas al suelo, saltar sobre el asiento o sacarme los mocos y pegarlos en el respaldo) sentiría terror. Porque el tramo final de la película es escalofriante. Todas las escenas del vertedero, filmadas con un sentido del ritmo endemoniado, conducen a uno de los momentos más terroríficos de la saga. ¿Puede un niño entender las reacción de los muñecos ante su destino inevitable? ¿Puede comprender los gestos que se producen en ese momento, las emociones que implica? ¿O le queda demasiado lejos? ¿Sentirá menos miedo?
Afortunadamente, la resolución de Toy story 3 es un homenaje a todos los juguetes protagonistas de la saga, y un premio a aquellos que, de chavales, entramos en una sala para ver una película de animación ¡¡¡por ordenador!!! y allí nos quedamos, prendados, enamorados de la historia que todos habíamos soñado, de esos juguetes que cobraban vida a nuestras espaldas y tenían sus propias aventuras. Y que se han hecho mayores con nosotros para, por fin, decirles adiós con un nudo en la garganta.
Que un director del talent de Matthew Vaughn (crescut a l'ombra de Guy Ritchie, canviant la Claudia Schiffer per la Madonna) hagi de recórrer a un estudi independent per dur a terme la seva visió del cinema de superherois ens hauria de fer preocupar.
Com ja hem discutit mil vegades (crec que l'última va ser amb Avatar), les productores només hi posen calers si la pel·li ha de contentar tothom. I per contentar tothom entenem defraudar l'espectadora amb un mínim d'esperances en el cinema comercial nordamericà.
Així, Kick-Ass esdevé tota una sorpresa. Respectant la premisa inicial del còmic (i crec que millorant-ne el final, com ja va passar amb Wanted), el film de Vaughn ens ofereix tot allò que se'ns nega en els darrers anys des de Hollywood. Un pas endavant en la forma i els ulls mirant als vuitanta en el fons, quan el que realment importava és que la història fos divertida i entretinguda, i poques vegades es buscaven dobles lectures o missatges més o menys subtils.
A la sala de cinema on vaig anar a veure Kick-Ass hi havia una familia formada per una parella de mitjana edat i un nano d'uns deu anys. En cada escena de masturbació, d'ultraviolència, de renecs en la boca d'una nena (la gran troballa de la peli: Hitgirl), la mare s'anava quedant pàlida. Mirava el seu fill com dient "tu, això, com si no ho haguessis vist/sentit". El nen i el pare reien i reien a cor que vols. I aquí és on rau el mèrit de Kick-Ass: ser una proposta fresca, desenfadada i desengreixant per a qualsevol tipus d'espectador sense complexes.
L'equivalent al Zombieland en el món dels superherois. Un Supersalidos amb lycra de colors.
Gente normal que, un buen día, se comporta de forma extraña y se convierten en una amenaza.
Terror en el mid-west, combinando La invasión de los ultracuerpos (aunque sin el grado de paranoia de esta) y cualquier película de zombies/infectados (aunque sin el factor de las mordeduras).
Bien dirigida y con actores más que solventes, a destacar Timothy Olyphant como el sheriff local protagonista.
Firma el guión Scott Kosar, que ya escribió las muy interesantes El Maquinista y el remake de La matanza de Texas 2004. Lo que siempre garantiza set pieces de tensión cresciente (muy bien resueltas por Eisner), mucho cuchillo afilado, y al menos uno de los personajes escondiendose entre cadáveres.
La respuesta americana a los Beatles fueron... ¿los Beach Boys? ¿los Monkees? No lo sé, nunca lo he tenido muy claro. Lo que sí tengo por seguro es que la respuesta americana a la británica (y brillante) Shaun of the Dead es Zombieland. Es decir, aprovechemos que hay una pasa de moda zombie (obviemos que gente que ahora aplaude este tipo de films hace cuatro días los aborrecía) y que en UK han hecho una comedia con muertos vivientes para hacer algo similar aunque con mucho más rock'n roll. En ese sentido, Zombieland es la respuesta perfecta. Sin llegar al nivel de la película de Simon Pegg (al fin y al cabo, ese era un film de género que respetaba las coordenadas preestablecidas y sus clichés para darles la vuelta... y este no), Zombieland es una gran y divertidísima road movie con personajes extravagantes que se beneficia de tres factores:
Un sentido del humor fresco y nada encotillado.
Una dirección que sabe lo que quiere y lo que quiere es bueno (la planificación de la película se nos devela como uno de sus puntos fuertes).
Unos actores con química. En especial, el temporalmente recuperado Woody Harrelson y Jesse Eisenberg.
Así, Zombieland es una película de Judd Apatow (pero de las buenas, como Virgen a los 40 o Supersalidos) con zombies, llena de grandes ideas (los nombres propios como Estados de los USA, las reglas de supervivencia herederas de Max Brooks...) y momentos de alto vuelo descacharrante (Bill Murray, vamos).
Zombieland, sin embargo, no está tan lejos de los clásicos como parece.
Al fin y al cabo, si a Romero le quitamos su cabaña perdida en la nada, su centro comercial y su base militar... ¿qué nos queda sino que un gran y abandonado parque de atracciones?
Solomon Kane alatristea en su ritmo al pecar de querer contar muchas historias con un débil hilo argumental. Así, se crean algunos inicios (buenos), nudos (correctos) y desenlaces (de toda clase) que, si bien como webisodios darían el pego, al hallarse reunidos en un largometraje solo dan la sensación de coitus interruptus constante, de estar subiendo hacia un clímax que se precipita de golpe para iniciarse otra historia. Así no hay manera de entrar en la peli, ni aún cuando a la hora de proyección el (super)héroe compone su traje típico (el de peregrino que copió el Van Helsing de Sommers) y parece que la cosa va a más. Y no. Una lástima que el verdadero Solomon Kane, el cabrón que lucha en África contra pigmeos caníbales y rescata a princesas de pechos voluptuosos (y que aparece en el prólogo con toda una declaración de intenciones: "aquí el único demonio soy yo") se quede en África. No quiero ver al Kane que quiere resarcirse y que busca la paz en Inglaterra. No he pagado la entrada para ver como durante hora y veinte el tipo que antes fue un gran luchador se niega a combatir y se deja tundar por cuatro skin-heads del siglo XVII. Acertada la decisión de fichar a James Purefoy, un Hugh Jackman tras veinte años en la cárcel. Sobre la parte final, un par de apuntes: Vale que el guión no es lo más importante en este tipo de films. Pero se podrían cuidar los detalles. Así, si Kane lleva diez minutos diciendo que se ha criado en el castillo que quieren asaltar y que sabe como entrar sin hacerlo por la puerta, lo que NO debes hacer es: que entre por una cloaca que los deja a un metro de la puerta (la sensación en el cine era que estaba viendo un remake de Top Secret) y cuando diga en voz alta "yo crecí aquí", que nadie le responda "¿tú has vivido aquí?", porque no parece serio. Y si no tienes dinero para efectos por ordenador y te está quedando la peli la mar de apañada con cuatro prostéticos, maquillaje y látex a tutiplén (que es uno de los logros de la peli y consigue crear una atmósfera barroca, densa y sucia), si no tienes dinero, digo, no lo inviertas en el peor monstruo creado por cgi que se haya visto en pantalla en mucho tiempo. Un Spore malhecho, que no aporta nada, y al que le faltan un par de renders para dejar de parecer un garabato digital que se queda colgado cada vez que hace un movimiento. Por lo demás, la peli se deja ver un sábado por la tarde. Lo que no es poco.
Mala memoria la mía. Hago un recopilatorio de pelis que he visto en cine sin escribir reseña posterior y me dejo tres. Pues nada, me lo ventilo en un plis plas y cerramos el año, que ya tengo ganas de hablar de Zombieland (aún calentito el asiento de la sala):
Planet 51. La película de animación que lo invierte todo. El humano pasa a ser el alien en un planeta desconocido, la producción pasa a ser española en la meca del cine. Y sale ganando. Entrañable, divertida y muy muy disfrutable. Su único lastre es esa pequeña obsesión en querer dar un mensaje al público más joven. ¿Realmente es necesario? No es obligatorio hacer pelis de animación con la intención de moralizar. Por lo demás, me lo pasé pipa: desde el diseño de producción (ejemplar) hasta la animación (soberbia), pasando por una panda de personajes carismáticos. A destacar el momento del astronauta recreando películas como T2 o La guerra de las galaxias, lo que genera el pánico entre la población alienígena.
Déjame entrar. De pequeño me leí El pequeño vampiro, del que no conservo ningún recuerdo argumental pero si emocional. Esa posibilidad que un niño y un no muerto se hicieran amigos era tan atractiva como aterradora. Déjame entrar, con su ritmo pausado, su atmósfera gélida, sus personajes al borde del abismo es hipnóticamente terrorífica. Se zampa la moñarrada de Crepúsculo solo con una mirada de la protagonista. Y ese final en la piscina...
500 días juntos. Deliciosa. La historia de un fracaso amoroso contada con frescura y sentido del humor. Él (Joseph Gordon-Levitt) está que se sale en su personaje neowoodyalleniano. Ella (Zooey Deschannel) no está mal, aunque siempre pone la misma cara de lechuga en remojo. Al director (Marc Webb) habrá que seguirle los pasos, porque demuestra flexibilidad y talento. Mezcla de ingredientes y texturas, 500 días juntos va algo más allá que el 90% de comedias románticas que se estrenan. Ese guiño a Han Solo, la música de los Smiths... la música en general, vaya. Un chorraco de buen rollo.
Año raro, el que se acaba. Empezó muy flojo y ha terminado dejando películas de toda índole. Como no he tenido tiempo (ni a menudo ganas) de hacer un comentario extenso de todas, aquí dejo algunas reflexiones sobre aquellas que fui a ver al cine y de las que no dije nada:
Los sustitutos, de Jonathan Mostow. Sobre una buena idea argumental (los humanos usamos réplicas o avatares a lo James Cameron para nuestro ocio, trabajo o hasta para ir a comprar el pan) se construye este despropósito cuya única gracia es ver a Bruce Willis con peluca rubia. Mal narrada, mal montada y mal dirigida, uno no hace más que lamentarse por el potencial que tenía la historia. Se le ven las costuras por todas partes. Las escenas de acción están puestas como por obligación. Madre mía, qué despropósito.
Garbo, de Edmond Roch . La sorpresa de final de año. Un peculiar documental construido visualmente a base de retazos de películas de los cuarenta sobre la segunda guerra mundial y narrado a través de la voz de la gente que ha investigado su vida... o sus vidas. Lastrado durante la primera parte del film si ya conoces la historia (sobretodo en lo referente a la guerra en sí), la película despega cada vez que se habla de la red de espionaje inventada por Joan Pujol (esa "información" británica creada desde Lisboa). Retrato de un Zelig de carne y huesos. La búsqueda del verdadero Garbo muchos años después de los hechos y las imágenes de este reencontrándose con militares británicos son de lo más emotivo. Se echa de menos que se hubiera profundizado en su egoismo (ese abandonar a su familia y crear otra sin decir nunca nada a ninguna de las dos) o en los datos que se ofrecen durante los títulos de crédito (suficientemente jugosos como para ser ilustrados y no solo escritos a modo de epílogo).
Moon, de Duncan Jones. Un clásico instantáneo de la ciencia ficción. Una película que aprovecha su bajo presupuesto para hablar de lo que hablan las mejores pelis de sci-fi: dónde reside el alma humana. Clásica, con aroma a los setenta, este cruce entre Alien, Atmósfera Cero y Blade Runner atrapa. La interpretación de Sam Rockwell es memorable. Fascinante.
REC2, de Jaume Balagueró y Paco Plaza. El bodrio del año. Si ya la primera no me convenció, aquí (sin aburrirme, ojo) se les va la mano con la tontuna. Ahora los zombies ya no son zombies, sino demonios. Las referencias cinematográficas (Aliens, El Exorcista...) están incorporadas de forma tan brusca que resultan burdas. Se podría quitar la subtrama de los niños que entran en el edificio (sic) y la película no notaría el cambio. Un churro, vamos.
District 9, de Neill Blonkamp. Y de golpe llega un sudafricano y nos habla del apartheid, de los prejuicios, de la xenofobia y de los encontronazos entre civilizaciones con un cuento de extraterrestres. Salvajemente pulp, divertidísimamente fresca, District 9 es un soplo de aire fresco. Un remake enloquecido de La metamorfosis de Kafka. A menudo se le critica que las dos partes en las que está dividida (una primera de estilo más documental y una segunda de puro shoot'em up marciano) no acaben de encajar. Personalmente, me metí en la historia con ese falso reportaje y luego disfruté como un niño en el festival desenfrenado de referencias cinéfilas y orgía de efectos especiales (y menudos efectos especiales) que es el tramo final. Además, la película no es en absoluto complaciente ni políticamente correcta. Y ese final... ay, ese final...
Terminator Salvation, de McG. Sus detractores dirán lo que quieran, pero ese plano secuencia del accidente inicial del helicóptero, esa guerra contra las máquinas sucia y apocalíptica, ese aroma a serie B (y a películas como Cyborg!!!), ese robaplanos que es Sam Worthington, esas continuas referencias a las dos primeras películas de la saga (el you could be mine, o el si quieres vivir, ven conmigo), ese remake encubierto del Frankenstein de Mary Shelley... vamos, que me emocioné hasta el punto de soltar una lagrimilla en la última escena.Si estais leyendo esto, sois la Resistencia...
Quizás a estas alturas ya habeis leído u oído muchas opiniones sobre Avatar. Desde críticas más pormenorizadas a comentarios de algún compañero de trabajo.
Incluso puede que hayais visto la película.
Así que no os voy a dar el coñazo. No voy a repasar la carrera de Cameron (que sería algo estúpido) ni voy a dedicarle unas cuantas líneas definiéndolo como un director clasicista en la vanguardia de la tecnología.
Porque tres horas de película impecablemente facturada me han dejado frío.
Técnicamente, Avatar es perfecta. En ningún momento te da la sensación de estar viendo efectos especiales, sino algo real. Ese es su gran (muy gran, por lo que representa en salto cualitativo en el cine) logro. Puede que no tan visible como lo fue el T1000 de T2, pero seguramente un avance notable en los fx.
Argumentalmente, Avatar es un churro. Una plantilla de word. No es solo que hayamos visto mil y una veces la película (como tantas y tantas otras, porque al fin y al cabo no hay nada nuevo bajo el sol, tan solo la forma de contarlo), es que uno podría jugar a adelantarse a los diálogos y las escenas, propias del esfuerzo creativo de un niño de cuatro años. Teniendo en cuenta que Avatar lleva doce en producción, temo por el estado psiquiátrico de ese chiquillo.
Sin ser ofensiva (peor eran La Cagalera de Cristal o La Nenaza Fantasma, del desquiciado Lucas), con destellos de alguien que sabe hacer cine, Avatar produce al principio curiosidad, después resignación y finalmente cierta vergüenza ajena al reconocer los tics new age que pensábamos que Cameron había desterrado con Abyss, aquí elevados hasta la incredulidad, con momentos a la altura de las fiestas Ewok de El retorno del Jedi (quizá algunos de los momentos más bochornosos de la historia del cine).
La banda sonora de James Horner provoca estupor. Y punto.
No lo he pasado mal viendo Avatar, ojo. Me ha entretenido. Con todos sus peros. Con todo lo kitsch que sabe llegar a ser. Y tiene escenas de un kitsch empalagador.
Y ahora, algunas comparaciones y sumas graciosas que podeis twittear citando la fuente y recomendando mis novelas:
Pocahontas + Los Pitufos + Un tienda de los chinos = Avatar
Avatar tiene la originalidad, la estética y la alegria en los colores de un catálogo del Toys'r Us.
Bailando con Lobos + El retorno del Jedi + Ibrahimovic cianótico = Avatar
Avatar es un especial de Navidad de Los Pitufos.
Q-Zar + Happy Meal + Greenpeace = Avatar
PS. Ah, por mi ya pueden parar de proyectar films en 3d. Ya vale con la gracia. Aunque sea, junto a UP, la película que más ha sabido aprovecharlo hasta el momento, no es que me aporte mucho, la verdad. PS2. Disculpen la dilatación entre post y post. Estoy terminado mi nueva novela y debo robarle tiempo al blog.
Lectores, amigos y otros futuros horticultores de gusanos cadavéricos, me place comunicarles que aquí un servidor de ustedes, el Doctor, ha realizado el videoclip del último single de Sergio Makaroff, La culpa es mía, perteneciente al álbum Número Uno (un discazo).
Próximamente seguiremos con más comentarios cinéfilos (tengo en la recámara la maravillosa Moon, la entusiasmante District 9, la sorprendente Terminator Salvation y la cagarruta REC2). Ahora, de momento, siéntense y disfruten (si les gusta) del video.
El mayor riesgo que puede afrontar Infectados son las expectativas del público que pague la entrada. Tras una campaña promocional enfocada hacia el terror en su vertiente más zombiesca, el espectador se encontrará con un film diferente a lo que los trailers habían vendido.
Todo depende de la predisposición de aquel que se siente cómodamente en la butaca y acepte o no jugar a un juego diferente.
Un juego cruel, duro y más exigente que el que nos vendieron en la tienda.
Infectados es un peliculón de inicio a fin. Los hermanos Pastor nos meten de lleno en una historia apocalíptica sin más explicaciones ni preámbulos que nuestros propios temores. Como en La noche de los muertos vivientes, no necesitan crear antecedentes ni razonar el origen de una plaga que está asolando la humanidad: los personajes ya viven (y conviven y mueren) en ella.
Lo que vamos a presenciar es una historia aislada dentro de una gran Historia que se nos muestra lejana, que podemos componer indirectamente a través de conversaciones y escenarios, de detalles como los carteles en gasolineras e institutos abandonados. No hay televisiones ofreciendo las causas. A lo sumo, un predicador radiofónico que es la prueba viviente (y muriente) que todos estamos condenados. Todo el mundo muere, como dice uno de los personajes del film al inicio.
De pequeño leí La danza de la muerte, de Stephen King. De hecho, es la única novela que me ha producido pesadillas realmente aterradoras. Viendo Infectados, podría bien tratarse de una historia paralela a aquella, un spin off autónomo y sólido, tan desgarrador como la novela de King. No es baladí que el maestro del horror (maestro al menos en sus buenos años, de finales de los setenta a mediados de los ochenta) recomiende ahora fervientemente Infectados. Lo que no es poco.
Pero los hermanos Pastor no se quedan ahí. Han visto cine, y mucho. Y eso se nota en la película. Mad Max, de George Miller, era un western futurista ambientado en un mundo donde la gasolina escaseaba y las bandas de criminales pirateaban por carreteras interminables. Max Rockatansky (antes de convertirse en el nuevo héroe que Tina Turner necesitaba) era el policía/vaquero que primero combatía los locos del canonball y luego montaba en cólera (ese plano del zapato del niño rebotando sobre el asfalto) para iniciar una furiosa venganza. En el inicio de Infectados, el coche robado que conduce el cuarteto protagonista lleva pintado en su capó Road Warrior, que era el mote del personaje de Gibson en la trilogía australiana. Una simple pincelada que nos define el mundo en que nos han metido: un lugar apocalíptico, sembrado de larguísimas lenguas de asfalto, pero a la vez consciente de su ligamen con un mundo real, anterior, que se resisten a perder.
Y he remarcado lo de coche robado porque ese es otro de los aciertos del film. Los protagonistas no son perfectos americanos dispuestos a salvar el mundo. El personajes de Chris Pine (Kirk, en Star Trek, ojo) es un impresentable, el típico gilipollas que nos haría cambiar de acera si nos cruzáramos con él en un callejón oscuro. Así, Infectados desprecia (afortunadamente) el perfil mainstream en el que podría haber caído con un protagonista guapo y buena persona sufriendo por salvar a los suyos y, por extensión, a América. A cambio, nos ofrece un punto de vista diferente y nos plantea ciertos dilemas y puntos de inflexión a través de la dialéctica con su hermano menor, más reservado, en principio más inocente y solidario. Cualidades que se muestran inútiles en un mundo egoista devastado por la pandemia. ¿Qué haríamos nosotros en su situación? ¿cómo reaccionaríamos?
Resulta curioso que el primer largo de los hermanos Pastor sea una road movie sobre dos hermanos y su relación entre ellos. Que los personajes estén tan bien construidos, para ser una ópera prima (aunque Álex ya demostró un talento descomunal con su corto Larutanatural, y me queda por ver Orson, de David), y la historia tenga una idea tan clara de donde viene y a donde va no deja de ser una carta de presentación perfecta y una promesa de futuro esperanzadora.
Un futuro esperanzador que es el que no tienen los protagonistas de Infectados. Porque olvidaos de zombies, de criaturas hambrientas de sangre y de disparos a la cabeza. Los Pastor dejan las cosas muy claras: vivimos en un mundo que requiere sacrificios, y solo nosotros decidimos si vivimos y morimos solos.
Quentin Tarantino parece cada vez más incapaz de centrarse.
De todas sus películas, quizá son Reservoir Dogs y Jackie Brown las únicas dos que pueden ser considerados largometrajes. El resto, de Pulp Fiction a Malditos Bastardos, pasando por Kill Bill, no dejan de ser magistrales cortometrajes yuxtapuestos en un proyecto común. Incluso su corto para Four Rooms era lo mejor (o lo único salvable) de aquel film. Incluso su episodio para Urgencias era muy divertido.
Bueno, también está Death Proof, pero ese es el único tropiezo de QT hasta el momento,
Así, hay que afrontar Malditos Bastardos no tanto como un largo, sino como una miniserie de cinco episodios en pantalla grande. El arco argumental es común, pero los caminos para hacerlo avanzar y la forma de narrarlos es dispar.
Como en todas las películas por episodios, pues, en Malditos Bastardoshay descompensación e irregularidad, con algunos fragmentos soberbios y otros más flojos. El resultado final, sin embargo, es majestuoso. No una obra maestra como muchos quieren ver (al menos a mi parecer, y soy un fervoroso entusiasta de QT), sino una muy buena película extremadamente personal.
Sabíamos que uno de los rasgos distintivos de QT es sincretizar todos sus conocimientos sobre cine (y cultura pop en general) y sublimarlos en su propia visión capaz de cruzar longitudinalmente todo tipo de géneros y texturas.
Los que llevamos esperando más de diez años el famoso proyecto sobre la segunda guerra mundial (aún recuerdo cuando en Sitges aseguró que acababa de terminar el guión en el avión) habíamos hecho millones de conjeturas sobre su posible argumento y deriva. Debo reconocer que esperaba algo más parecido a Doce del Patíbulo o Los violentos de Kelly. Expectativas. Algo que QT se place en destrozar. Lástima. Su versión de esos clásicos dista mucho de la que me había hecho yo (y aquí me hago un poco de autobombo y recomiendo la novela Montecristo, qué demonios, con otro tipo de malditos bastardos matando nazis por Europa.)
Con Malditos Bastardos, QT realiza una mixtura a priori improbable entre el western, el género bélico y el suspense. Equipara su banda de judíos arrancacabelleras con los apaches y, por tanto, pone al mismo nivel los vaqueros y los nazis.
Lo malo, que los malditos bastardos del título son una mera anécdota de fondo. Personajes casi sin relevancia en el contexto del film, de los que solo conocemos a Aldo Raine (esporádico Brad Pitt imitando estupendamente el acento sureño), Oso Judío (Eli Roth, transplantando su delirio hostelíaco al mundo tarantiniano) y Hugo Stiglitz (Til Schweiger, impresionante con la boca cerrada). Su protagonismo se limita al fragmento que lleva el título de la película, excelentemente ejecutado, pero que a la larga queda descontextualizado (el bate de Oso Judío, por ejemplo, está sobredimensionado teniendo en cuenta que no vuelve a aparecer ni siquiera mencionado). Protagonizan algunos de ellos también el memorable capítulo de la taberna (que recuerda muchísimo algunos pasajes de El desafío de las águilas) y poco más. Su protagonismo se reparte con la que sería la historia principal, la de la niña que crece ansiosa de venganza contra los nazis, tema central en el mundo tarantiniano, como pudimos comprobar con Kill Bill, sin ir más lejos.
El almodovariano tercer episodio, cuyo peso recae en Daniel Brühl, es quizá el más flojo. Cierto es que tiene algunas secuencias notables, pero el tono general es de languidez y bajón de ritmo alarmante. Su historia se soluciona de forma harto brillante en el quinto capítulo, pero me temo que este pasaje central lastra algo el ritmo del film.
QT vuelve absolutamente translúcidas todas sus fílias en Malditos Bastardos. Homenajes nada encubiertos a Centauros del desierto y Ser o no ser, ese inicio a lo Hasta que llegó su hora o un final directamente sacado de El precio del poder. De hecho, QT ha realizado su película más DePalma hasta la fecha, por el constante uso de la tensión y un manejo del travelling que el realizador de Doble Cuerpo firmaría encantado.
También está allí la peculiar selección musical, una banda sonora confeccionada a base de retazos de otros films (sobretodo Morricone, lo que no esconde su volutarioso afán de spaghetti western).
Y obviamente, después del desencanto que fue escuchar aquella sarta de sandeces intrascendentes de niñatas calentorras en Death Proof, QT vuelve a la carga con diálogos fuertes y poderosos, capaces de mantener una sola escena en base a la palabra por encima de la imagen. Solo un escritor portentoso como QT puede sostener alargar una secuencia hasta la saciedad para hacerla pivotar alrededor de las conversaciones entre los personajes protagonistas. La palabra como motor que arranca la acción, la desarrolla y la precipita hacia un final cerrado, elevando los capítulos a pequeñas obras de teatro autónomas dentro de una gran función.
Y claro, si alguien sale ganando en todas las escenas en las que aparece ese es el Hans Landa, el maquiavélico oficial de las SS magníficamente interpretado por Christopher Waltz. Un personaje que es un caramelo para cualquier actor, pero que este lo exprime al máximo para hacerlo ingresar en el club de los mayores villanos de la historia del cine. Sub presencia amenazadoramente plácida, su paladeo de cada palabra, su versatilidad en diferentes idiomas y su nada acomplejada ambigüedad remiten a esas interpretaciones de nazis aristocráticos nacidos de la pluma de Alistair MacLean.
Malditos Bastardos casi no tiene exteriores, y los que tiene están bastante desaprovechados (callejones tortuosos y claros en el bosque); no es ni película bélica ni drama de acción ni algo encajable en género alguno. No hay tanques ni aviones. No hay combates. La mayor parte de acontecimientos importantes suceden fuera de plano. No siente el más mínimo respeto por el rigor histórico. No hay humor en su violencia, ni distanciamiento irónico. Y sin embargo es una película divertida, fresca, que trenza sus dos horas y cuarenta minutos en un suspiro. Y QT se lo pasa en grande ofreciendo enormes momentos de cine, escenas inborrables en la retina del espectador. Un homenaje al séptimo arte en toda regla.
Ah, y como no, Tarantino no se olvida de incluir el imprescindible y fetichista primer plano de pies femeninos desnudos...
San Valentín Sangriento 3D no engaña a nadie. Da lo que ofrece, ni más ni menos. Con sus virtudes y sus defectos. Lamentablemente, predominan los segundos sobre los primeros, pero tampoco esperábamos una obra maestra. Ni siquiera una buena película.
Al fin y al cabo, San Valentín Sangrientoes otro slasher más, con el plus de la tridimensionalidad. La enésima vuelta de tuerca al asesino en serie de pueblecito apacible norteamericano envuelto en una carcasa de volúmenes que en teoría traspasan la pantalla. El cine de terror siempre ha sentido fascinación por el 3D. De Los crímenes del museo de cera a La pesadilla final de Freddy Kruger. Ahora que la tecnología ha evolucionado a mejor, ¿por qué no aprovecharlo?
En el caso de SVS3D, la pregunta sería más adecuada ¿por qué no desaprovecharlo?
Porque al fin y al cabo la tercera dimensión solo se usa para abusar del plano del pico amenazando al espectador. Y ni siquiera eso, porque a pesar de conseguir una buena profundidad de campo, nunca se logra el efecto de traspasar la pantalla. Y si la primera vez que el minero amenaza al espectador tiene cierta gracia, la cosa va perdiendo en su decimonovena aparición.
El 3D luce en las panorámicas abiertas y diáfanas, los grandes espacios iluminados y la luz de niebla en bosques inquietantes. Pero en platós y escenarios cerrados, oscuros y pequeños es cuando uno tiene la percepción que es una herramienta inservible o que incluso llega a molestar si se trata de seguir la narración. Por fortuna nos hallamos ante un film que casi no tiene narración. La historia del minero que se vuelve tarumba y pasa a medio pueblo por la piedra (o por el pico), muere y vuelve diez años más tardes para seguir matando no es un prodigio de originalidad. De hecho, me recordaba al relato principal de Los hombres topo quieren tus ojos, aunque un poco vagamente, por ese ambiente pulp de ciudad minera con amenaza asesina escondida en la sombra.
El gran problema de SVS3D no son las mediocres interpretaciones, su trillado argumento o las situaciones ya vividas, pues. El mayor problema es la reiteración en el acto del homicidio, siempre siguiendo el mismo esquema: víctima sola en ambiente oscuro, minero que aparece sopetón, pico hundido en la cabeza del pobre infeliz. Salvo una notoria excepción al inicio del film (con una pala y una cabeza deslizante), todas las ejecuciones responden al mismo y cansino patrón.
Por otra parte, SVS3D es disfrutable (dentro de su mediocridad) solo entiéndola como una parodia del género. Aquí sí, incluso involuntariamente, SVS3D acepta e integra todos los clichés del slasher de forma tan académica que resulta risible. Sigue las pautas descritas por Scream y acaba siendo incluso más divertida que la saga Scary Movie. No es difícil, claro está.
Se agradece, sin embargo, una notable voluntad por hacer un film especialmente sangriento (como reza el título) y no apto para estómagos adocenados por el slasher light y bajo en calorías a que el cine para adolescentes nos había acostumbrado en los últimos años. La escena del motel, con un prolongado desnudo femenino en tres dimensiones, quizá resulte ser el set piece que acabe quedando en el recuerdo del espectador como lo más destacado de un film prescindible, mediocre y, con todo, simpático.
Michael Mann debe ser un robot sin emociones. De lo contrario, no se explica que sus películas carezcan de sentimiento. Plásticamente impecables, los films de Mann no transmiten ninguna emoción. Si les pinchas, no sangran. Los comportamientos humanos se acercan a los del cliché más puro, y cuando intenta conmover, solo se queda en la superficie. Enemigos públicos no es la excepción. Y ese es el principal defecto del biopic sobre John Dilinger. Cuando debería involucrarnos sentimentalmente, nos deja fríos como espectadores. Y aún y así he disfrutado de unos fugaces ciento cuarenta minutos de película de gángsters al viejo estilo. Sí, lo confieso: siento atracción por el sonido y la imagen de una tommy gun en pantalla, me deleito en los atracos perpretados por gente con abrigo largo y sombrero de ala. Y Mann se regodea en ello. Enemigos públicoses una película sobre una época, sobre un estilo de vida y, en menor medida sobre la creación de un mito. Los personajes principales, el atracador John Dillinger y su perseguidor Melvin Purvis están descritos en la escena inicial de cada uno. El primero como alguien con un mínimo de valores muy rígidos que confía en los suyos; el segundo como un cazador sin escrúpulos y arribista que ve la oportunidad de ascender con una presa mayor. Y hasta aquí la psicología de los personajes. Lo demás son atracos, emboscadas, fugas, investigaciones y tiroteos rodados con una sobriedad ejemplar, que deja no solo un puñado de cadáveres a lo largo de la proyección sino un montón de escenas memorables (por ejemplo, cada vez que aparece Baby Nelson en pantalla). El ritmo de Enemigos públicos es pausado pero no concede tregua. Tan solo la historia de amor, algo vacía, hace cojear una de las tramas menos interesante y, a la postre, más fallidas del film. No me acabó de gusta el uso de cámaras de alta definición para el rodaje de Enemigos públicos. No creo que sea el lenguaje que esta película necesita, como sí podía ocurrir con Corrupción en Miami. Aquí se echa un poco de menos esa textura que sí tenía Los intocables de Brian de Palma, quizá el referente más directo de Enemigos públicos (si ignoramos esa patraña que filmó con el título de La Dalia Negra). Christian Bale está en su habitual registro de caradepalo inmutable, y Johnny Depp johnydeppea durante todo el metraje. Hay elementos de la historia de Dilinger desaprovechados (su ascensión a celebridad del pueblo, a pesar de ser un asesino) en virtud de una narración lineal en la que destacan por sí solas set pieces como la de la fuga de la casa vigilada por el ejército, la emboscada en la casa del bosque o la brutal incursión a pie en el despacho de los federales. Así que, seguramente, Enemigos públicos se dará un castañazo en taquilla cuando el boca oreja empiece a correr la voz que es aburrida. Lástima. Por mi parte, me habré pasado dos horas y veinte viendo a gangsters pasándoselo (y haciéndomelo pasar) en grande. Como en los viejos tiempos.
Asalto al tren, Penhalm 123 es una película que ya hemos visto mil veces antes. Y no tan solo porque se trate un remake del film del mismo nombre de Joseph Sargent. Asalto al tren es la típica película de rehenes con negociador de por medio. Por mucho que se empeñe Tony Scott en darle ritmo con su habitual montaje asincopado y su fotografía saturada. Con una excusa argumental trillada, con el telón de fondo de Nueva York (que se pretende otro personaje más, pero acaba siendo igual de irrelevante que todo el resto), Asalto al tren se deja ver de principio a fin a pesar de ser previsible. No molesta pero tampoco entusiasma. Es perfecta para un deuvedé del sábado por la noche. Eso sí, y como es de esperar, Travolta sigue poniendo la cara de loco que usa para todos sus villanos y Denzel Washington interpreta a Denzel Washington. Al personaje de éste le han intentado colocar un pequeño lado oscuro que queda soterrado enseguida por todo tipo de justificaciones y por una fuerza moral solo exigible a los roles que elige el senyor Washington. Hace una semana que vi la película y solo recuerdo a Travolta chillando en un vagón de metro. Creo que con esto está todo dicho.