Thursday, January 04, 2007

Rocky Balboa, de Sylvester Stallone



Hace años que no veo la saga Rocky de cabo a rabo, de la primera a la cuarta. Me niego a considerar la bastarda Rocky V como parte de ese gran fresco estadounidense sobre la superación y el self-made man.

De hecho, creo que nunca las llegué a ver en el cine, si no recuerdo mal, así que para mi Rocky siempre irá ligado al vídeo comunitario, y esas fabulosas tardes de domingo con maratonianas sesiones de Stallone, entre las que también caían las de Rambo, en un alarde de programación inteligente y conocedora del espectador potencial.

Eran otros tiempos, como bien se puede comprovar si rescatamos la IV, con el púgil italoamericano enfrentado al gigante ruso Ivan Draco. Esa película, en toda su épica, su iconoclastia y sus valores perfectamente identificables, representa el retrato perfecto de la guerra fría.

¿Qué ha sucedido ahora? ¿Qué necesidad hay de rescatar al campeón?

Ninguna, salvo la cuenta corriente del pobre Sly, que ve como su carrera hace tiempo que se ha ido al garete, a pesar de sus intentos de hacer cine “serio”.

¿Es eso malo? Pues ni bueno ni malo, dependiendo del producto final.

Y en este caso se puede decir que es positivo... para los que añoramos esas tardes de domingo.

Sylvester Stallone lo sabe y no se esconde. Su Rocky es una vieja gloria, un vestigio del pasado que es reconocido por la calle continuamente, pero a quien nadie toma ya en serio. Tiene un restaurante italiano y vive de sus batallitas. Y su cara da miedo. Pero no el miedo ese de que te va a partir las piernas, sino el del tío que está medio deformado y que te haría cambiar de acera en una calle con poca luz. A Sly le pasa el tiempo, sí, pero por encima y cargado de piedros. Da penita verlo.

Así, durante los primeros minutos del film uno tiene la sensación de haberse confundido y estar viendo homenaje a la saga del boxeador. Rescata escenas, personajes y diálogos, y los endosa en la pantalla de forma más o menos sutil. Adrian se convierte en una suerte de Obi Wan Kenobi en las escaleras de la casa de Balboa, pero eso hasta hace gracia.

Una vez explotado el factor nostálgico, empieza el tema. Stallone dirige con sencillez y pulso seguro lo que parece ser un drama sobre la jubilación de un peso pesado de tiempos pretéritos. Para confrontarlo con el presente, mete a unos cuantos negros raperos chungos con su música de rapero negro chungo y su andar de rapero negro chungo. No se olvida de las deliciosas salidas de tono de las anteriores películas (inolvidable ese robot mayordomo), y coloca como motivo de conflicto en el film una pelea ficticia hecha por ordenador entre Rocky y el actual campeón mundial, un tipo que ni pasó el casting de Prison Break porque no da la talla. Un mindundi, que debe conocer a la madre de Sly porque no se entiende un error de casting tan monumental. Carl Weathers, Mr. T, Dolph Lundgren y... ¿el sobrino de Eddie Murphy?

Pero eso da igual, porque es la excusa para enfrentarles a los dos, y para que Stallone deje de llenar la primera hora con monsergas de su personaje, que se dedica a dar lecciones a cuanto se cruce en su camino: su hijo, Paulie, una chica a la que llevó por el buen camino cuando era pequeña, un macarra de pub, y el que sea. La mayoría de monólogos de Rocky no se entienden, y no solo por la vocalización de fórceps del actor, sino porque van todos sobre el tú eres lo que eres, pero dándole muchas vueltas.

Total, que se sacan de la manga un combate de exhibición entre el hijo adoptivo de Webster y Rocky, porque el primero le envidia el carisma y el segundo se quiere sacar una espinita.

¿Qué significa eso? Que el Chris Rock De La Lona irá sacando pecho por los puestos mientras Rocky tiene que entrenarse para volver a ponerse al día. De golpe el film cambia y Stallone nos da lo que hemos estado esperando: trompetas con la marcha triumfal del italian stalion, flexiones con una mano, puñetazos a trozos de carne y carrera escaleras arriba en plan soy el mejor del mundo. Un gustazo, en definitiva, tomado con bastante sentido del humor (y poco del rídículo) y consciencia que uno ya no tiene la edad de entonces. Rocky es el perfecto Señor de la Noche de Frank Miller, ese justiciero grande, cargado de espaldas, con artritis en las articulaciones, pero capaz de convertir el ring en un quirófano y operar como el mejor cirujano.

El combate final (y único) está bien realizado. Tiene la dosis justa de épica y trompazos, y algunas soluciones visuales más que agradecias (las desaturaciones en la fotografía, el realce de ciertos colores como los de las batas o la sangre al salpicar), ralentizaciones, primerísimos planos y estética pseudo-televisiva.

Al término, y con un final coherente, algo teñido de buenas intenciones por parte de Stallone (algunos optarán por beatificar a Rocky, tras ver como trata a la gente), queda el regusto de haber vuelto por una hora y media a aquellas tardes en las que lo de menos era si el guión era ingenioso o la fotografía sublime, y uno esperaba solo que Rocky les diera unos buenos tortazos a sus rivales, les hiciera morder el polvo, y fuera sacado a hombros. Porque Rocky Balboa es el mejor, y quien se atreva a ponerlo en duda tendrá que vérselas con los que crecimos con él.



3 comments:

Kike said...

Rocky Balboa es para mi un auténtico HÉROE. Un personaje del todo entrañable. Incluso la 5, que es malísima, me emociona.
Esos combates, esos sentimientos, toda esa mitología...

Espero que la sexta parte no me decepcione. Por que iré con toda la ilusión del mundo.

Doc Moriarty said...

¿Cómo terminaría un combate entre Rocky y Rambo?

Es una de esas preguntas que nos hacíamos de niño y que nunca tuvieron respuesta.

Rafael P. said...

Tengo que aguantarme, tengo que aguantarme, tengo que aguantarme...