Friday, August 31, 2007

Death Proof, de Quentin Tarantino

Iba sin demasiadas expectativas a ver A prueba de Muerte, del amigo Quentin, porque de los dos films que componen el proyecto Grindhouse fue el Planet Terror de Robert Rodríguez el que más me llamaba la atención y el que más ha acabado colmando mis expectativas. Y eso que Quentin es mucho mejor director que Robert, pero eso no significa que el film del director de Reservoir Dogs se ajuste más al estilo desenfadado y absolutamente pulp del díptico que el del tejano.

Después de este párrafo sin apenas puntos ni comas, resumo: Quentin Tarantino es al cine lo que Ronaldinho al futbol, un fuera de serie, un crack de talla mundial, que es capaz de lo mejor pero que cuando se atasca, cuando se cree demasiado bueno, flojea y se convierte en un jugador más.



El principal problema de Death Proof es que Quentin se gusta demasiado, y se regodea en si mismo. Hasta ahora nos había servido sus gustos y fantasías en bandeja, creando un universo particularísimo, copiado infructuosamente hasta la saciedad, basado en las películas de los setenta, las artes marciales, la violencia, las chicas duras, los tipos verborreicos y los pies femeninos desnudos. No repasaremos su filmografía porque todos nos la sabemos de memoria. En Death Proof, vuelca todo eso, pero algo falla en la mezcla.

¿Son necesarias dos horas para jugar a Death Proof? Seguramente no, como no lo eran para Planet Terror. Si a ambos films les quitamos una primera hora de presentaciones innecesarias, se hubieran convertido en un clásico de culto inmediato. Por el contrario, se quedan (en especial el de QT), en uno más, algo por encima de Jackie Brown (hoy por hoy el coñazo más malo de QT) pero muy por debajo de Kill Bill, y a años luz de Reservoir o Pulp Fiction.

Death Proof es un ejercicio de narcisismo a veces imperdonable. Tienen que pasar 45 minutos para que podamos ver una escena de terror en pantalla. Hasta el momento, solo hay diálogos y diálogos y más diálogos de chicas obsesionadas con follar. Y además sin chispa. Me gustaba que Vincent y Jules compartieran experiencias sobre Amsterdam, o que el senyor Rosa no supiera de qué iba Like a Virgin, incluso que Bill montara una teoría sobre los disfraces que llevamos basada en la doble personalidad de Superman. Es posible que los diálogos de Quentin solo funcionen en hombres, que su cine sea genuinamente masculino, porque a pesar de sentir devoción por sus actrices (lo que se nota en cada plano, con un contenido fetichista altamente erótico), las hace dialogar como varones, y al final resulta disfuncional. Así que resulta que tenemos 45 minutos de aburrimiento, lo que viniendo de quien viene es un fallo garrafal.


Y llegamos al primer accidente, y quedamos clavados en la butaca. Decir gore es referirse a Planet Terror. Lo de Death Proof es salvajismo realista. Si la campaña de la DGT para el próximo verano está buscando imánges impactantes ya pueden recortar ese cacho de escena y emitirlo sin cortes (lamentable juego de palabras). Parece que el film va a subir el ritmo (lo que no es difícil, porque hasta ahora no existía), y juega a la autoreferencia con la presencia de ciertos actores y personajes del film de Rodríguez (que tambien aparecían en Kill Bill, todo muy deliciosamente endogámico), pero cae en los mismos errores al empezar de nuevo el film con un planteamiento similar.

Que sí, que la banda sonora es una maravilla, como de costumbre, pero es forzado que cada vez que sale una canción, para integrarla en la película, tenemos que ver el tocadiscos seleccionando el vinilo y pinchándolo en la aguja. Una y otra vez acaba siendo repetitivo, como los planos de las chicas de cuerpo entero, en plan vixens (aunque en este film no solo no estén muy dotadas sino que son bastante delgaditas y planillas), y los paseos arriba y abajo, pies descalzos en primer plano.



Pero no todo es malo, ni mucho menos. Está Rosario Dawson, una especie de imán que llena la pantalla en cada plano que sale, y está Snake Pilsen... quiero decir, Kurt Russell, interpretando a El Especialista Mike.



Es el Kurt Russell de Golpe en la Pequeña China y 1997: Rescate en Nueva York, aunque más autoparódico. Cada vez que asoma la cabeza (menos de lo que hubiera deseado), la película gana enteros. Y si además va conduciendo ese coche que por lo visto es el mismo de Pulp Fiction, uno se olvida que llevaba un rato aburrido escuchando conversaciones estériles.

En el apartado técnico, el envejecimiento de la película es menos notorio que en la de Rodríguez, y aparte de unas pocas quemaduras, un rollo en blanco y negro y algun que otro salto en el montaje, la estética recuerda a los telefilms setenteros de vengadores de la carretera (a mi me recordó a El Diablo sobre Ruedas, aunque por lo visto su referente es Punto Límite Cero).



Hay que ver Death Proof solo por una razón: su última media hora. Carreras de coches, acción polvorienta, asesinatos, paletos, cheerleaders, especialistas vengadoras, choques, persecuciones, tacos (muchos tacos) y música a toda leche son lo mejor de la función. El último tramo de Death Proof es magistral, nervioso y acceleradamente soberbio. Y es lo que deja el buen sabor de boca, más allá de la hora y media anterior de puro tedio.

Para acabar, decir que en el preestreno de ayer, a pesar de anunciarse con el cartelito de our feature presentations o algo así, se nos escatimaron los trailers escritos y dirigidos por Rob Zombie, Eli Roth (que hace un cameo en la película) y Simon Pegg, lo que me encendió un cabreo monumental. Si quereis verlos, corren por la red, y son:

Don't, de Simon Pegg
Thanksgiving, de Eli Roth
Werewolf women of the SS, de Rob Zombie

Thursday, August 16, 2007

Planet Terror, de Robert Rodríguez

Recuerdo el preestreno de Abierto hasta el amanecer, junto a una legión de fans de Tarantino y Rodríguez, aplaudiendo cada tontería, hablándole a gritos a los personajes, vociferando chascarrillos de complicidad, en una de esas sesiones absolutamente insólitas en nuestras salas. Abierto hasta el amanecer, el inicio de la relación entre Quentin y el amigo Robert, lo permitía.

Luego el tejano se ha ido perdiendo en dos tipos de películas: los homenajes a la serie B de sci-fi y pistoleros y los films infantiles. Dentro del primer tipo hay productos simpáticos como The Faculty o fallidos como El Mexicano, y en el segundo hay auténticas mierdas como Spy Kids. Empeñado en guionizar, dirigir, montar y musicar sus films, Rodríguez ha hecho bueno el dicho de quien mucho abarca poco aprieta.

Por fortuna, es con Sin City cuando Robert Rodríguez parece que encauza otra vez su carrera, y la razón es un cambio de mentalidad en sus obras. Si hasta ahora su cine era perecedero, puramente alimenticio y de dificil segunda digestión, el tejano ha logrado ir un paso más allá con la intencionalidad.

Robert Rodríguez hace sus películas con la intención de...

La adaptación de Frank Miller era un intento de fidelidad absoluta al cómic. Planet Terror tiene toda la intencionalidad de ser un film de serie Z (y no B, como se ha leído en prensa especializada), con todo lo que ello conlleva.

Planet Terror no es, ni de lejos, una obra maestra. Adolece de una primera hora en la que casi no pasa nada, con un ritmo mortecino de introducción que lastra la película. Pero sí es una gran carta de amor a las midnite movies, a la infrabasura fílmica setentera y ochentera, que se vale de sus mismas cartas pero las supera por la consciencia autoparódica del género.

Planet Terror es un Abierto hasta el amanecer multiplicado por veinte, un film no apto para todos los públicos no por su excesiva violencia (tan exagerada que resulta circense) sino porque solo será entendida por aquellos que alguna vez han disfrutado con esas pelis burracas que a menudo echan a las 3 de la mañana por la tele. En cierta manera, es al género lo que Top Secret supuso a las pelis de espionaje bélico.

Robert Rodríguez reune cuantos clichés hay disponibles y juega con ellos en la larga introducción del film. La tía buenorrísima que lo enseña todo a la mínima, el macarrilla misterioso, el sheriff duro, la chica aún más dura... y lo aliña con algo de humo verde (imprescindible) y una amenaza pustulosa. El que, como he leído en algun sitio, diga que Planet Terror tiene un guión estúpido o que la historia carece de trasfondo, es que no ha entendido aún de qué va el juego. ¡No importa el fondo, sino la forma! Esos planos alargados hasta la saciedad en que un peligro acecha, esos primeros planos de tetas y culos, esos zombies que no lo son y que aparecen cuando se quema la imagen... Incluso el discurso patriotero que larga el personaje de Bruce Willis es la misma tontería sensiblera que hemos oído mil veces: un refrito de Acorralado con Yo soy la justicia.

Como se nota que a Rodríguez le van los lap dance (Abierto... con Salma Hayek, Sin City con Jessica Alba y Planet Terror con la carachihuaha), se sirve de uno para abrir el metraje, y a partir de allí todo es un festival de descontrol. La filmación sucia, llena de grano y quemaduras, con saltos y colores saturados no es solo el canal, sinó tambien el mensaje. Planet Terror hay que verla con amigotes (y no se me ofendan las féminas) porque es un film macho macho men, hecho por colegas con ganas de pasarlo bien. Es la versión desmadrada de la cuadrilla de Clooney y Pitt, con Tom Savini y Cheech Marin en lugar de Don Cheadle y Andy García. Se agradece la capacidad de reirse de si mismo de Bruce Willis (sin duda, una de las estrellas a quien menos le cuesta entrar al trapo en este tipo de producciones), el acierto de Michael Biehn al ejercer con total seriedad su papel de policía del pueblo (¡recordemos que estamos hablando del padre de John Connor!), del descenso a los infiernos filmícos de Josh Brolin, otrora un sex-symbol. Acompañados por un reparto alocado que incluye a Naveen Andrews imitando a Victor de OT (y haciéndonos olvidar al Sayid de Lost), la enfermera rubia lesbiana (menudo morbazo), el cocinero chungo en busca de la salsa perfecta y las gemelas malvadas.

Planet Terror es irregular pero consigue lo que pocas, que son minutos largos de carcajadas y aplausos ininterrumpidos. En mi caso, desde la entrada de El Rey en el hospital armado con dos mariposas hasta la épica escena de la minimoto estuve llorando de risa con el estómago doblado, aplaudiendo cada ocurrencia que apareciera en escena. Fragmentos que, luego, puedes recordar con el latiguillo de “y cuando...” aplicado a la ausencia del rollo, a las réplicas mortíferas de algunos personajes (dale el arma, dadle todas las armas), a la pierna ametralladora de la protagonista (desde ya en el olimpo cinematográfico del siglo XXI, al lado del mono amarillo de la Thurma en Kill Bill), al pene descompuesto de Quentin Tarantino, al tiro del niño dentro del coche, a esas referencias apocalípticas a lo mad max...

Que Robert Rodríguez haya compuesto una banda sonora tan carpenteriana dice mucho del espíritu del film. No me cuesta imaginar al maestro viendo la sangre brotando a borbotones después de cada disparo, y dando su aprobación con la cabeza.

Será difícil que Death Proof, de QT, iguale o mejore el festival psicotrónico que ha representado Planet Terror. Y más conociendo el gusto por el reposo y los diálogos de de su realizador. Pero tendremos el aliciente de ver los trailers que hasta ahora nos han escatimado, más allá del fantástico Machete, del mismo Rodríguez, plagado de frases fabulosas como “Si le contratas para matar al malo, asegúrate antes que el malo no eres tú”, o la lapidaria “¡¡¡Pensé que era un campesino, no un general!!!”, mientras Danny Trejo se trajina a dos chicas de muy buen ver que son la esposa y la hija de su enemigo. Bravo.


Saturday, August 04, 2007

Transformers, de Michael Bay

Los que fuimos niños durante los ochenta disfrutamos de los primeros pasos de las nuevas tecnologías en el cine y la televisión. Levantarse por la mañana y ver un capítulo de los Transformers antes de ir al colegio, soñar que con el spectrum seríamos capaces de modificar las notas como el chaval de Juegos de Guerra, o ver en cada coche una máquina del tiempo o un auto parlante eran el pan de cada día. Además, había juguetes disponibles en kioskos y papelerías para reproducir las aventuras que veíamos en las pantallas. El argumento solía ser siempre parecido: chico joven con problemas de adaptación salva al mundo con cuatro nociones de basic y una máquina con muchas luces.

Nunca fui muy fan de Transformers, pero sí fui niño, y los juguetitos de robots increibles que se metamorfoseaban en coches, aviones, camiones etc me volvían loco. Supongo que, en parte, era porque por el precio de uno tenía dos cachibaches.

Veintipico años después... ¿qué sentido tiene recrear el mundo ochentero de los autobots y los decepticons? Pues seguramente porque los que éramos niños entonces hemos crecido, porque la tecnología en el cine tambien ha avanzado que da gusto (imposible imaginarse este film en su momento) y porque habrá una horda de críos enganchados a las consolas a los que convencer que alguien como ellos pueden salvar el mundo.

Transformers es, en una idea básica, una peli de robots gigantes dándose de hostias. Sin más.

¿Qué directores tendrían las agallas de coger por los cuernos semejante premisa? A día de hoy, se me ocurren al menos dos. Tony Scott y Michael Bay. Las dos caras del mismo estilo: la épica ultraanfetaminada y mastodóntica al servicio de la bandera. Si descartamos a Scott porque tiende cada vez más a convertirse en un rara avis de la superserie B, entonces nos queda el (interesante) Bay.

Michael Bay necesita de un buen productor detrás. Si sus primeros films con Bruckheimer eran atractivas action movies (de Bad Boys a La Roca), el mayor fracaso se debe a ridículas imposiciones de la Disney (como fue esa primera hora y media de mierda antes del impresionante ataque a Pearl Harbour en la peli del mismo título). Ahora ha conocido a Tito Steven, y parece que este debe haber visto algo en él, porque no solo le ofrece proyectos, sino apoyo de talento. La Isla se merecía mucho más que la tibieza con la que fue recibida. Transformers es un puñado de los ochenta arrancado de cuajo de las manos de Reagan.

Bay se modera, como se intuía en La Isla, gracias a la mano de Spielberg. Se atreve a contenerse en el uso del plano plano plano, e incluso planta la cámara para planificar secuencias. Y, como en La Isla, elabora dos películas: la del productor y la suya. La del argumento y la pirotécnica.

La primera parte de Transformers me ha sorprendido más que gratamente. Comedia juvenil a lo Ferris Bueller, Bay ofrece dosis generosas de robots intercaladas con las andanzas del protagonista, un fantástico Shia LaBeouf. Parece que estemos ante una de las primeras producciones de Spielberg para Zemeckis o Dante. Roberto Orzi y Alex Kurtzman ejercen de lo que mejor saben: rellenar argumentos simples con secuencias que combinan humor y épica, costumbrismo y acción. Lo hicieron con Alias y Armaggedon, con La Isla y MI:3, y repiten la fórmula de manera ejemplar. Escenas como la del coche que usa las canciones para ayudar al prota a conseguir a la chica, o el delirante diálogo sobre la masturbación brillan con luz propia en un producto que el mismo Bay hubiera estropeado pocos años atrás.

También es cierto que gran parte del éxito reside en Shia LaBeouf, cuyo enorme carisma traspasa la pantalla. Otro chico de los ochenta que con un gran sentido del tempo cómico y un desparpajo inusual en la gran pantalla se gana nuestra confianza y consigue el más difícil todavía: que nos identifiquemos con él. Podemos respirar tranquilos: será un magnífico hijo de Indy. A su lado está Megan Fox, chica bombón que cumple a la perfección el cometido de tía buenorra que le mola al prota (y no le pidáis más, porque sea lo que sea, es de mente sucia). John Turturro se lo pasa teta haciendo el payaso, el doble de descocado que en El Gran Lebowsky, con un personaje risible parodia de los militares conspiranoicos que secuestraron a ET hace más de veinte años. Y John Voight repite el papel que ya le hemos visto hacer no sé cuantas veces en el cine de político que tiene que tomar decisiones críticas (en este caso el secretario de defensa). De los soldados (una suerte de G.I. Joe) no cabe mirar mucho su actuación: gritan y corren de forma efectiva.

La segunda parte resulta más mecánica y, a pesar de su aplastante poder visual, incluso aburrida. Es la hora de las tortas, y flipar más de una hora con engendros metálicos del espacio exterior ahostiándose y llevándose por delante media ciudad es una idea apetecible para, como mucho, treinta minutos. Llega un momento que te desvinculas por absoluto de lo que ocurre en el plano, y asistes a un gran espectáculo de pirotecnia vacío pero no exento de atractivo. La lástima es que las transformaciones son demasiado rápidas, y no se dejan ver muy bien (Bay ha dosificado su habitual uso de la cámara lenta más que de costumbre), y el elenco de autobots y decepticons es muy modesto (un tanque, un helicóptero, un avión, un par de cochecillos). Eso sí, en DVD será una gozada revisitar estos momentos para verlos como debe ser: en un gonzo de fx dosificado en perlas, en secuencias, de diez minutos. Entonces se podrá disfrutar al cien por cien de set pieces magistrales como el combate aéreo contra el caza robot, de lo mejorcito en efectos que se ha podido ver en el cine hasta la fecha.

Criticar el argumento de Transformers es como criticar al pobre de Ingmar Bergman porque en sus películas no hay persecuciones ni monstruos gigantes. Ya sabes lo que vas a ver. Si bien es cierto que hay lagunas del tamaño de un pequeño sistema solar (la historia del hombre de hielo y las guerras del planeta de origen son un poco confusas), sucesos altamente inexplicables (dicen que han aprendido inglés en internet… ¿mientras entraban ardiendo en la atmósfera terrestre?), macguffins estúpidos (la chispa vital, un nombre más propio de una campaña de marketing de la coca cola) y subtramas irrelevantes (John Turturro, por favor, baje del escenario), la película acaba siendo la definición perfecta de blockbuster veraniego, la enésima confirmación que Michael Bay es un entertainer nato que necesita un buen productor que le guíe, y la excusa perfecta para vender juguetes a preadolescentes que han salido flipando de la sala, imitando el sonido de los disparos con la boca y hablando con la solemnidad de Optimus Prime, como los que una vez fuimos al cine, en los ochenta, y deseamos conducir un DeLorean… porque ya sabeis que, sí hay que construir una máquina del tiempo, al menos hacerlo con elegancia.


Friday, June 22, 2007

Hostel 2, de Eli Roth


Eli Roth es, junto a Alexandre Ajá, Victor Salva, Zack Snyder, Marcus Nispel y Rob Zombie uno de los renovadores del género de terror, uno de esos que creció viendo la suciedad granulosa de los 70, y que se despacha a gusto en su loable intento de darle nuevos aires al género.

Su primera incursión, con Cabin Fever, era una horror movie fresca, llena de clichés pero divertidísima, que será recordada por los siglos de los siglos por la escena de la cuchilla. Luego se hizo amiguete de Tarantino, y este le produjo Hostel. Tarantino, hasta hace cuatro días, era sinónimo de taquillazo (ya veremos ahora después del fracaso EEUU de Gridnhouse), así que Roth dispuso no solo de los medios sino del respaldo comercial necesario. Recuerdo que hubo mucha gente que fue a verla diciendo hoy veremos la última de Tarantino, y tambien recuerdo que las decepciones fueron mayúsculas. Qué asco, menudo rollazo, vaya mierda... aunque tambien hubo quien se quejó que la peli fuera poco explícita (sic) o que no saliera la imagen del taladro del cartel (resic).

Hostel me pareció una cinta de lo más entretenida, con un inicio costumbristo-pechuguero (¿qué dura? ¿media hora? ¿tres cuartos de tetas y sexo sin escrúpulos?) que nos servía para presentarnos unos personajes de mierda a quienes no nos debía importar que mataran. Luego venía la parte de la fábrica, espléndida, y un final polanskiano de lo más estremecedor.

¿Cual es la diferencia de Hostel con el resto de los films de su generación? El enemigo deja de estar en el interior (como en el remake de La matanza de Texas), para ser el mundo contra América. Los yankis son cazadores de hembras a lo largo y ancho del planeta, que se convierten en presa de sus mismas víctimas. ¿Metáfora política?

El principal problema de Hostel 2 es que a duras penas innova. Dado que la primera parte se basaba en su mayor parte en la sorpresa, aquí ya vamos sobre aviso. Por eso, el funcional prólogo que ata los dos films se vuelve tedioso y presivible, alargado sin necesidad.

La estructura, la misma: chicas cachondas (creo que se repiten hasta los mismo clichés que en la primera) que de vacaciones por Europa van a parar a un pueblecito de Eslovaquia, hermosísima villa medieval de siniestras reminiscencias vampíricas, cuyos habitantes se comportan como si vivieran en la Edad Media. Jóvenes americanos modernos vs. mundo salvaje sin modernizar.



¿Por qué ver Hostel 2, si ni siquiera hay más tetas que en la primera parte?



Porque los clientes cobran protagonismo. Elite Hunting (que pasa de una empresa internacional a un tinglado de matarifes local de forma harto decepcionante) había enseñado a sus valedores de forma anónima antes: máscaras, vicio, armas chungas y puertas cerradas. A duras penas sabemos nada de ellos. En Hostel 2 les seguimos en todo el proceso que les lleva a enrolarse en semejante deporte de riesgo al estilo del Malvado Zaroff.



Así, una de las mejores escenas de Hostel 2 es la de la subhasta de las chicas, con un notable uso de la pantalla partida, rastreando a quienes son sus potenciales consumidores. Gente respetable, de bien, adinerados, padres de familia... y Richard Burgi. Siento especial afecto por este actor, protagonista de la serie Sentinel y malo maloso de la primera temporada de 24, un tipo capaz de mutar de bueno a malo y al revés en la misma escena, y ser creíble. Y Burgi se convierte en el personaje central de Hostel 2, a pesar de los intentos de Roth de dotar de vida a sus caracteres femeninos (sin resultado). Es una pena que no se dé al personaje de Burgi y de su acompañante, dos ricachones aburridos de todo que quieren probar nuevas experiencias, más entidad, porque la película hubiera sido muchísimo mejor si la historia hubiera pivotado a su alrededor. La esencia del cazador, con sus convicciones y sus dudas, es mucho más disfrutable que volver a ver a la víctima corriendo.

Afortunadamente, Roth tiene un bagaje cinematográfico notable, y se ampara en él para deleitarnos on algunas de las escenas más burras del gore comercial moderno. Esa guadaña rajando arterias de una chica colgando como un cerdo es puro giallo italiano, y la mayoría de torturas y salvajdas me recuerdan al Theater of Blood, de Vincent Price, con ese depurado gusto por la sangre. Incluso se atreve a romper unas de las normas que Hitchcock impuso para el cine, la que dice que si matas a un niño, el público no te lo perdonará.

Lamentablemente, no existe el suspense, porque la historia sigue casi al pie de la letra el argumento de su predecesora, pero algun que otro twist argumental hacen más que aceptable su visionado.

Hostel 2 es entretenida, aunque fácilmente olvidable. Solo un par de escenas perdurarán en la memoria como lo hizo el ojo colgante de la primera. Y una de ellas tiene que ver con un pene y unas tenazas.

Quiero que hagan Hostel 3, sí, pero para comprobar que Roth puede mejorar y no estancarse. Y quiero que se centren en el pueblo, en la gente que vive en él, en cómo aceptan ser parte del engranaje de muerte, en cómo se revelan (apenas hay un atisbo en Hostel 2), en qué sienten siendo el mundo aún por civilizar, a la caza de imprudentes norteamericanos.


Monday, May 21, 2007

Zodiac, de David Fincher


Si hubiera un defecto en Zodiac, no sería otro que la promoción del film. No se puede vender la última película de David Fincher como la "del director de Seven y el Club de la Lucha", porque sería como promocionar el genocidio como "de la misma especie animal que creó la rueda". Si hay algo que Fincher viene demostrando es que no es un director al uso, y que a pesar de tener una marcadísima personalidad que se plasma en todos sus films, no vienen estos cortados por el mismo patrón.



Después de demostrar que podía pintar una narración inexistente durante hora y media con La habitación del pánico, o que podía jugar al gato y al ratón con el espectador en una película antisistema hecha desde el sistema con El club de la lucha, Fincher se embarcó en el que se quizá su proyecto más personal hasta el momento... con un tema que, al parecer, ya había abordado: el psicópata.

Por esta razón, ir a ver Zodiac como el que se prepara para disfrutar de Seven 2 es un error enorme, porque llevará a la decepción sin remedio.

Zodiac no se centra en Zodiac. Este desplazamiento de la perspectiva es el cambio más importante respecto al film que hizo perder la cabeza a Gwyneth Paltrow. Ni tan siquiera da protagonismo a sus actos o a sus víctimas. Habla de otras víctimas, de las colaterales: los investigadores y periodistas que se obsesionaron de tal forma con la caza del asesino del Zodiaco que olvidaron sus propias vidas. Zodiac es un magistral ensayo sobre la obsesión humana, y la perseverancia en la búsqueda de la Verdad, siempre inalcanzable, como en aquella fábula en la que tres ciegos palpaban un elefante, y cada uno deducía que se trataba de una serpiente (por la trompa), de un árbol (por una pata) o de un león (por la cola). Esos ciegos son aquí Dave Toschi y Bill Armstrong, detectives de homicidios de San Francisco, y Paul Avery y Robert Graysmith (periodistas del Chronicle, caricaturista este último).

Los asesinatos de Zodiac impactaron la sociedad norteamericana preglobalización, dejando un poso de temor en su subconsciente colectivo, que empezaría con una primerísima versión en el cine (Harry el sucio, de Don Siegel) y parece ser que tiene su cénit con esta definitiva aproximación de la mano de David Fincher, que era niño cuando el tarado amenazó con hacer volar un autobús escolar en San Francisco, su ciudad natal. Recientemente hubo una adaptación telefílmica de los primeros asesinatos, The Zodiac, aboslutamente horrorosa, y de cuyo visionado os aconsejo que os alejeis.

Fincher se ha acercado a Zodiac desde una óptica hiperrealista, en ocasiones casi documental, hasta el punto de ofrecer un thriller policíaco que no cuenta con ninguna persecución en coche, y no tiene más tiroteos que los (escasos) homicidios del asesino. Cogiendo como referente el Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula, Fincher construye un soberbio rompecabezas, haciendo que su relato de dos horas y cuarenta y cinco minutos mantega el ritmo y la tensión a pesar de tener dos horas y media de diálogos en redacciones de periódico, en comisarías, en caravanas, en bares o juzgados. Fincher sabe darle la fluidez necesaria a este arriesgadísimo collage de nombres, datos, lugares y sospechosos, que por muchas vueltas que de una y otra vez sobre si mismo nunca será capaz de llegar a dar la respuesta definitiva.

Zodiac es un film abierto, porque la vida real es abierta, sin cierres gratificantes para el espectador, sin más catarsis que la simple contemplación de un destello de verdad (esa mirada cruzada en la tienda, en uno de los planos finales), con tantas posibilidades que resulta abrumador querer comprender el Todo.

Así, basándose casi de forma clónica en el excelente libro de Robert Graysmith, Zodiac, el asesino del zodíaco, David Fincher reconstruye la investigación policial y periodística con extrema meticulosidad. Hay un diálogo, cuando el inspector Toschi sale de la proyección de Harry el sucio, en que alguien se le acerca y le comenta: Ese Harry Callahan os ha resuelto el caso en un momento, eh, Dave... Y Toschi murmura entre dientes: Sí, saltándose todos los procedimientos policiales. Es esa frustración de chocar siempre contra un muro de burocracia, de tener que enfrentar el instinto con las pruebas, de tener que demostrar las sospechas, la que queda reflejada a la perfección en Zodiac.

La película funciona a todos los niveles, rayando la perfección. Fincher escoge un tono diáfano, tranquilo y claro para no embrollar un argumento lo suficientemente complicado y confuso. Se deja de virguerías visuales para dosificarlas en momentos puntuales del relato, como esa entrada en el periódico de los dos policias entre códigos y titulares sobreimpresos, y se luce en su forma de plasmar el paso del tiempo: desde rótulos identificativos, al plano de la construcción del edificio de San Francisco, los cambios físicos y de vestuario en los personajes. Algunas de las transiciones son simplemente hipnóticas, como la que va de las líneas de una carta a los cables del puente colgante.



Actoralmente, me he llevado una grata sorpresa de Jake Gyllenhall, pero cabe destacar a Mark Ruffallo como Toschi (que empieza como una rock star, o cop star, y termina con una actuación agria) y el siempre sensacional Robert Downey Jr. como Avery (lo borda, ni más ni menos). Los secundarios, desde Anthony Edwards a Delmot Mulroney, pasando por Brian Cox y Chloe Sevigny, cumplen a la perfección su papel de piezas del puzzle, en una obra coral y dispersa a conciencia. Una de las escenas donde se nota la dirección de actores de forma más clara es en el interrogatorio a uno de los sospechosos, Arthur Leigh: las reacciones de sus protagonistas merecen un visionado propio del film para cada uno de ellos. Y la actuación, inquietante, maligna, de John Carroll Lynch como Leigh, haciendo caer su cuerpo sobre la parte izquierda, recuerda al Kevin Spacey de Sospechosos habituales, pero con mayor presencia física e intimidatoria.

Y es que Fincher no centra el argumento en Graysmith hasta la recta final del film, haciendo recaer el peso de la película en todos sus actores hasta ese momento, repartiendo la importancia de unos y otros en su aportación a la investigación, hasta el elemento aglutinador que el caricaturista del Chronicle representa.

Pero no todo son datos y más datos. Fincher sabe como plasmar el terror en la pantalla, cómo incomodarnos, y lo sabe hacer como muy pocos directores pueden hoy en día. Esa primera escena en el cuatro de julio, con un atacante misterioso y sombrío (como siempre se nos muestra a Zodiac, entre las sombras) es angustiante hasta el extremo. Quizá despierte demasiadas expectactivas en el espectador que ha ido a ver una peli más slasher, sí, pero no decepcionará a los paladares más exigentes. Los asesinatos de Zodiac son claros, mostrados sin ambages ni efectismos, y eso los hace más terroríficos. El acuchillamiento a plena luz del día, en primer plano, es más intenso que la mayoría de las muertes de Seven, sin ir más lejos, por lo evidente y sencillo de su ejecución. La escena del sótano (que en la novela produce la misma desazón) es uno de los highlights del cine de terror contemporáneo.

El uso de la música, tanto en las canciones de la época como en la espléndida banda sonora de David Shire, hace fluir el film hacia el thriller épico, como he leído por ahí.

No es el monstruo lo que Fincher ha venido a ofrecernos. Es la caza. Como en El Malvado Zaroff, que es citado por Zodiac, el hombre es el animal más difícil de cazar porque es el más peligroso. Los cazadores caerán en el pozo de la obsesión tras el rastro del asesino, para comprenderlo, encontrarlo y darle sentido a sus propias vidas.

Thursday, March 29, 2007

Hannibal rising, de Peter Webber


Los villanos molan. Que se lo digan a Darth Vader, a Blofeld o a Fu-Manchú. Esa atracción por el lado oscuro que hace que acudamos en masa a los cines, y deseemos durante dos horas que se salgan con la suya. Casi siempre suelen ser más interesantes y poliédricos que los héroes.

Y además no suelen tener límites.


Así el personaje de Hannibal el Caníbal, casi un secundario de lujo en la fundacional El silencio de los corderos, se apoderó de la pantalla y nos preguntó, mirando a los ojos, si aún oíamos a los corderos chillar por la noche. La película de Demme es un thriller magistral, pulcro y directo, a veces tramposo pero siempre hipnótico. El malo es un enfermo, pero el que ayuda a cazarlo es peor, porque está cuerdo y es muy listo. Le gusta la carne humana y la venganza, sí, pero no por eso vamos a darle la espalda.

A partir de entonces, cada episodio de la saga ha ido dando protagonismo a Lecter, y ha hecho girar la historia a su alrededor, conscientes que el magnetismo que desprende el personaje es suficiente para llenar las salas. Anthony Hopkins le ha dado vida, y solo cabe preguntarse: ¿es Lecter el mismo sin Hopkins bajo su piel?

Ridley Scott orquestró con Hannibal una ópera al su alrededor, en la que de momento es la mejor continuación. Un film con una personalidad propia, grandguignolesca, que daba rienda suelta al sadismo y elevaba al psiquiatra a la condición de protagonista absoluto, malvado héroe de nuestras pesadillas.


Brett Ratner se limitó a fotocopiar el modelo original para componer El Dragon Rojo, una inquietante película de suspense que se queda en correcta, pero que produce la sensación de quedarse corto, de no aprovechar a fondo el mito, como Scott sí había conseguido.

Entonces vino el tito Stevie y decidió que Indiana Jones encontraría el látigo en un vagón de tren del circo. Y detrás de él aparecieron el joven Anakin Skywalker, el conflictivo Bruce Wayne o el Bond sin licencia doble cero. La fiebre por explicar el origen de los personajes más atractivos puede deberse tanto a la falta de ideas como a la seguridad que un nombre conocido siempre invita a comprar la entrada. Algunas de estas precuelas han resultado más acertadas (es el caso de Batman o Bond), otras navegan en aguas intermedias (de Darth Vader solo se salva el Episodio III) y algunas son simplemente horrorosas (la gilipollez sobre Leatherface). ¿Qué sucedería con Lecter? ¿Necesitamos conocer el origen de su perversidad?

No tengo la respuesta a esta pregunta. Porque Hannibal rising no comparte universo con ninguna de sus predecesoras. Es difícil imaginarse que el joven del film que nos atañe sea el psiquiatra gourmet que se enchocha de Clarice, porque sus mundos se mueven en coordenadas diferentes.

Hannibal rising es un relato de aventurillas escabrosas, filmado como una película de superhéroes, que sigue el patrón de infancia familiar, hecho traumático, aprendizaje y resurrección como un nuevo ser. Hannibal Lecter se convierte aquí en una versión gastronómicamente incorrecta de Punisher, 30 o 40 años antes. Un compendio de referencias pulp que aseguran el deleite freak, pero que se ven mermadas por la incompetencia de un director anodino (Peter Webber), al servicio del productor, el omnisciente Dino DeLaurentis. No hay rastro de personalidad en la dirección del film, ni siquiera de autoría, pero la cantidad de dinero invertido para explicar la historia (típica, previsible, pero no por eso menos interesante) se deja ver en cada fotograma de la película.

Es fácil que algo funcione cuando hay nazis en pantalla. Si en los primeros minutos de film ya ha habido algunos tiros y un stuka precipitado sobre un tanque soviético, no nos vamos a quejar. Cuando observamos que la aristocrática familia Lecter vive en un castillo al más puro transilvano, celebramos ese guiño vampírico al origen del personaje. Si luego se suman un montón de referencias absolutamente inconexas e injustificables, pero que dan bien en pantalla, comprobaremos que estamos ante una historieta de Sax Rohmer, una realidad que no se toma en serio a si misma y que discurre por senderos alternativos a la nuestra. Un mundo siniestramente pop, de chaquetas de cuero y sombreros de ala ancha. ¿Qué demonios pinta una pariente japonesa que adiestra a su padawan antropófago en el arte del budokan? Pues que la iconografía oriental en un marco versallesco resulta visualmente impactante. ¿Por qué tanta referencia a máscaras, y ese predilección de Hannibal por vestirse con ellas? Da igual que en la película de Demme la careta fuera impuesta como protección para los que le trasladaban: aquí lo que importa es volver a verle con el rostro semioculto, aunque eso no signifique nada. ¿Y esas referencias constantes a jabalíes? Hannibal rising enseña muchas cosas, sí, pero no profundiza en ninguna porque no se sostendría.

Por eso, el trabajo de Webber es decepcionante en la mayor parte del metraje: el alma pulp se ve lastrada de una dirección para tontos. En el episodio de la muerte de la hermana, un servidor se hizo ilusiones al contemplar una elegante elipsis de ocho años. No duró mucho. La escena de la muerte de la hermana se reproduce unas quinientas veces en repetitivos flashbacks filmados como un videoclip de Latoya Jackson. Vemos al pequeño Hannibal caer una y otra vez sobre la nieve en una imagen bonita en el primer visionado, y cansina a partir del decimoquinto. Rhys Iffans se empacha en las sesenta y cuatro repeticiones de su ágape de codorniz cruda.

El guión, aparte de su recorrido absolutamente inverosímil, es una sucesión de frases cortas metidas con calzador, que solo sirven de nexo de unión con pasajes de otros films de la saga. Por no hablar de la historia paralela prescindible de la investigación policial (con un Dominic West que le quería joder la vida a Leónidas en 300, y que aquí carga con un personaje sin coherencia ni personalidad). La historia del inspector es tan volátil que ni siquiera tiene final en la película.

Hannibal Lecter se caracteriza por dos factores que le convierten en un ser terrorífico: su violento amor por la carne humana y su altísima capacidad intelectual. El Lecter que gusta es que el puede comer la cara a un policía para escapar, o los sesos a alguien que desprecia, pero también el que es capaz de hacer que se suicide un compañero de encierro por haber sido grosero. Hannibal rising solo menta la gran inteligencia de Lecter en una escena (una de las mejores del film, eso sí), en la que el joven aristócrata revierte el interrogatorio policial y acaba sacando los miedos de su interlocutor. Por lo demás, la personalidad se centra en la cara violenta de Lecter.

Gaspard Ulliel se convierte de esta manera en lo mejor del film. Sin copiar la interpretación de Hopkins, le da el aire inquietante de belleza salvaje que el personaje requiere. Y usa, dosificadamente, algunos tics y gestos del carácter original (un guiño, un saludo) que se convierten en la parte gratificante de la función.




Puede que Hannibal rising no sea un gran film. De hecho, no lo es. Pero tampoco es para echarlo a la quema. Es un relato folletinesco, una historieta delirante sobre un personaje que ha traspado la pantalla del cine para morder ( y masticar) el inconsciente colectivo.


Saturday, March 24, 2007

300, de Zack Snyder


Zack Snyder debutó con la sorprendente Amanecer de los muertos, remake del Zombi de Romero, y en mi opinión, muy superior al original. En ella, se narraba la historia de unos tipos encerrados en un centro comercial, que padecían el acoso de miles de muertos vivientes. El mensaje de la película era claro: no hay futuro. Zack Snyder no dudó en eliminar el happy end de su concepción del cine.

Poco después, el gran éxito de las adaptaciones de cómic al cine, y la posibilidad de hacer realidad las viñetas gracias a los efectos digitales, abrió las puertas a Frank Miller a llevar su obra de culto Sin City, de la mano de Robert Rodriguez. Sus buenos resultados en taquilla debieron servir de luz verde para adaptar 300, la personal visión de Miller sobre la batalla de las Termópilas. Faltaba encontrar el director capaz de explicar con suficiente solvencia la historia de unos tipos encerrados en un desfiladero, que padecen el acoso de miles de monstruos orientales...

Y así es como Zack Snyder nos trae su Amanecer de los persas.

Personalmente, Frank Miller me aburre. Sus historias siempre tratan lo mismo: el héroe asocial, que es repudiado por la misma gente a la que protege. Ya sea Batman, Hartigan o el Rey Leónidas. Pero dentro de este esquema siempre encuentro algo, sobretodo en los diálogos, en cierta pedantería narrativa, que me atrae.

Por lo que tenía mis miedos con 300. Tras ver el trailer, temía que se tratara de un peplum estático, aviñeteado, donde los protagonistas gritarían mucho. Atrás queda el canónico Gladiator de Scott, o la Troya de Petersen (que solo se puede ver en clave western, haced la prueba). ¿Sería capaz de insuflar la suficiente vida y personalidad Snyder al film?

La respuesta es sí.

300 es todo un espectáculo de principio a fin y, sobretodo, algo nuevo. Toma cierta distancia con la fantasía épica tradicional en la imaginería, pero sigue los patrones de los clásicos en el fondo. A saber, la lucha por la libertad y la negación al sometimiento de la mencionada Gladiator o la infravalorada Braveheart. Comparte también con el film de Gibson un gusto por la violencia fuera de la corriente imperante en USA los últimos años. Si bien una violencia estilizada, distante, que permite ser salpicado por la sangre sin sentir repulsión.



Porque en ningún momento Snyder intenta recrear un episodio histórico. El director, apoyado fielmente en el comic-book de Miller, crea un nuevo mundo, con sus propios códigos, sus propias leyes físicas, con razas e imperios que nos son conocidos, pero que no pertenecen a nuestra realidad. El rey Leónidas puede escalar una montaña a base de brincos, las persas pueden lanzar granadas contra los espartanos, un ser deforme puede cambiar el curso de una guerra. Dentro de ese mundo, son hechos no solo posibles, sino verosímiles. Un mundo de color ocre, de fotografía desaturada y textura granulada, aceitosa como los torsos de los espartanos.

Amanecer de los persas es un festival homo con tintes homofóbicos. Una gay parade de renegados del armario. Los espartanos, los "buenos" del film (una panda de psicópatas entrenados para luchar y morir luchando), son gym-aholics, adictos al fitness y a la dieta de arroz con pollo a la plancha. Lucen chocolatinas esculturales y peinados ridículos, van pintados como muñequitos de plomo en un diorama digital, y se vanaglorian de protegerse las espaldas los unos a los otros. El villano de la función, el faraón de Stargate hipertrofiado, es una reinona de cuidado, segundo puesto en el Festival Drag de Tenerife. Suyo es el único momento hilarante del film (del que dudo que esté hecho adrede), cuando advierte -por la espalda- a Leónidas que lo que menos debe temer es su látigo...

La narración es llevada en voz en off, en un recurso milleriano fácilmente reconocible, con ese tono literario exagerado, pero que se adhiere a la perfección a las imágenes. Snyder logra escenas realmente bellas, impactantes o sobrecogedoras. El plano de las flechas ocultando el sol (y los espartanos riendo como locos bajo los escudos) es estremecedor. Pero también lo son aquel en el que Leónidas contempla el último amanecer en paz de su vida, completamente desnudo, en su palacio. O el árbol cosido a cadáveres. O el orgiástico campamento de Gerges el Persa. Los diálogos delatan su origen en el papel dibujado: frases concisas, respuestas rápidas y efectividad camerunesa ante portería. No es necesario nada más, porque lo que realmente importa es la virtualidad de las acciones. Ver, sentir lo que está ocurriendo, más que por qué está ocurriendo. Si hiciéramos una lectura política (que podríamos) quizá veríamos que el film de Snyder es más reaccionario de lo que aparenta a primera vista. Pero eso ahora es lo de menos. Necesitamos ver nuevas batallas, después de haber llegado al clímax con la trilogía de los anillos de Jackson. Y necesitamos verlas diferentes. Zack Snyder se recrea en la coreografía de la violencia. No importa tanto quien hace qué, sino cómo lo hace. El movimiento preciso, fluido, reproducido al ralentí, convierte el sudor y la sangre, las amputaciones y la muerte, en algo elegante.

Los personajes empiezan siendo mayoritariamente humanos, para ir apareciendo en escena más y más bestiales progresivamente. Los orcos inmortales, el ejecutor con manos de cangrejo, el gigantón de la cúpula de trueno... se suceden en una pesadilla interminable para el grupo de espartanos locos por el fitness. Es imposible tratar de decir que tal casco no corresponde a esa época, o que los elefantes no entraron en Europa hasta el año tal... las típicas cosas que hacen los listillos que van al cine a dar lecciones de historia a sus amigos en lugar de a disfrutar de la película. Que lo intenten siquiera con Amanecer de los persas.


En el apartado actoral, a destacar la fuerza con la Gerard Butler arrastra el peso de la película con su personaje de rey Leónidas. Y sin caer en el ridículo por ir todo el metraje en taparrabos. Hay que destacar su notable dominio de la batalla cachulinia, con el dientes dientes que es lo que les jode. A su alrededor, aparte de los chicos que salen en todos los anuncios de Adidas y en cualquier catálogo de batidos para culturistas, están David Wenham con un pelucón ridículo y sin cuello (la cabeza le empieza en los hombros, es muy inquietante), y Lena Headey como la Reina Loreal, porque yo lo valgo (y que me dejaba bastante frío en todas las escenas). Poco más hay que reconocer (nadie va a ganar un oscar por la interpretación, eso está claro), a excepción de un tipo con pinta de ser el Hugh Jackman Italiano, y que da rabia solo de verlo.

300 es a la vez hiperviolenta y poética. Habla de grandes hechos y mima los detalles. Las gotas de sangre saliendo disparadas hacia delante cuando una lanza se clava en el enemigo, las sandalias hundiéndose en la arena al resistir la primera embestida, el vello de la espalda de la reina antes de la batalla, el caballo blanco apareciendo de la nada para dejar un espartano sin cabeza, de pie, muerto sin saberlo.

Amanecer de los persas confirma la ascención de Zack Snyder como uno de los cineastas más interesantes de la actualidad, buen recopilador de cultura freak reciclada a blockbuster. Cine de masas bien facturado, diferente y fresco, cuya proxima parada parece ser otra adaptación, el Watchmen de Alan Moore.

Sentaos en la sala, olvidaos de los niñatos que teneis al lado y que gritan cada vez que aparece un pezón, y dejaos llevar por la historia de un puñado de macarras empeñados en morir antes que arrodillarse, en su peculiar mundo ocre de respeto y honor.


Wednesday, March 14, 2007

The Host, de Joon- Ho Bong


Siendo simplistas, hay dos tipos de cine político: el de corbatas y el de bichos. El de salones ovales con carpesanos marcados por un top secret, de periodistas indiscretos y asesores maquiavélicos. O el de ataques de alienígenas, mutantes y ultracuerpos que ponen en peligro la raza humana, la galaxia o, lo que es peor, el american way of life.

Siento predilección por el segundo.

Siendo simplistas, entre las metáforas sobre las pelis políticas con bicho (y no me refiero a los parlamentarios), las hay de tres tipos: de ideología ambigua , de ideología marcada y de brocha gorda.

The Host pertenece a este último pedazo de género.

Y además casi no tiene monstruo.

El film del coreano no se toma en serio en ningún momento, ni en su simpsoniano planteamiento inicial, ni en el desarrollo de unos sucesos que no llevan a ningún lado. Uno podría decir que arrinconar el argumento de la aparición de un pescadito de ocho metros que se dedica a asediar a domingueros, para potenciar la trama político conspiratoria es un acierto.

Meeeck! Error.

La presunta metáfora política deviene en una historieta de trazo grueso, un mira lo que hace el gobierno para acojonar a la población que se queda en la superfície, en el apunte grotesco más que en el mecanismo del control de la paranoia.

Por planteamiento y desarrollo, The Host comparte similitudes con La guerra de los mundos del tito Steve. Y si aquella desarrollaba una trama paralela al miedo que los atentados del 11S habían ocasionado en los USA, con los trípodes extraterrestres persiguiendo a una humilde familia desestructurada, y fallaba en el final por meloso y precipitado, la cinta del coreano es lo mismo pero fallando en cada uno de los géneros que intenta asaltar. A saber:

Comedia. Es más que posible que yo no entienda el sentido del humor coreano. Pero esa panda de desarrapados propia de la cuarta parte de Torrente no hace gracia en ningún momento. Y sus gags visuales son tan graciosos como Buster Keaton escupiendo a un niño ciego. Quizá menos.

Ciencia ficción. La excusa del vertido tóxico de los americanos es tan barata como la de La divertida noche de los muertos vivientes. Luego, excepto el plano de la trepanación (gratuito y olvidado en dos minutos), no hay la sci-fi que la película requeriría. El agente amarillo (¡oh, denuncia política!) es cutre, sin más.

Bestialidad. Peter Jackson intentó humanizar al monstruo con King Kong, pero esa no era una peli de terror (aunque contuviera escenas fantásticas como el ataque de los insectos). El pez mutante de The Host, sin embargo, no es ni chicha ni limoná. Es tan ridículo como el cocodrilo de Mandíbulas, y ni mucho menos tan aterrador como los Aliens. Joder, que es un pez vulnerable a todo! Que lanzándole una lombriz ensartada en un gancho, el pescao ya pica y te lo llevas para el cesto antes de lo que tarda el protagonista en freir un calamar. El diseño es bonito, sí, y creíble, también, pero no es amenazante. Es como hacer una peli de monstruos con un golden retriever amaestrado.

Terror. Es que lo se siente al ver lo malos que son los actores coreanos.

En definitiva, de las dos horas largas que dura The Host, se salvan un par de planos bien conseguidos y cierta belleza plástica, que son absolutamente lastrados por un ritmo cercanías de RENFE, la previsibilidad de un prospecto de champú, y un contenido que intenta ser crítico y resulta ser tan duro como cualquier actuación de Barbara Streisand (de la que Yentl sí era una peli con monstruo en toda regla).